La Casa de Sidra

las normas de la casa de sidra (1)

Hoy hace 182 días que piso suelo germano, menos de 5 para que deje temporalmente de pisarlo y probablemente menos de 40 para que vuelva a pisar sobre él. El cálculo es casi exacto e inevitable en un país en el que la regla y la mesura constituyen parte no escrita y sagrada de la ley. A mi alrededor, sin embargo, la actualidad parece haberse entregado a la desmesura más absoluta. Ya nada parece tocar suelo, ni techo.

En este verano horribilis en el que las islas británicas han levado anclas, un sultán turco se ha sacudido un golpe con otro golpe, y un camión ha arrollado a personas como a pájaros extraviados en una costa en calma, ni la apacible sociedad teutona ha logrado salir indemne. De los navajazos en un tren cerca de Würzburg, pasando por la ráfaga de tiros frente a un McDonalds en Munich, hasta el asesinato hoy mismo y a machete limpio en una calle de Reutlingen.

“De aquellos polvos, estos lodos”, empieza a oírse ya por las calles. “Los refugiados de ayer son los problemas de hoy” o “puertas abiertas y criminales dentro” serán algunos de los lemas que se irán abriendo paso entre los corazones calientes y las mentes inquietas del pueblo alemán. En cuanto a mi, mis primeros amigos aquí fueron precisamente refugiados. Sirios de Alepo, cinco chicos de entre 13 y 16 años. Aún minaba la moral el frío invierno berlinés, aún brillaba, célebre por su dejación de funciones, la tenue luz de la ciudad.

Todavía sin piso y trabajo, nos conocimos en una de esas salas comunes que siempre se encuentran en un hostal. “¿España? ¡Messi es genial, pero mira a Ronaldo, mira!” dijo el más lanzado de ellos al presentarse en un chapurreo de inglés y mientras enseñaba un vídeo en su móvil. Pasamos el resto de la noche hablando de futbol, o mejor dicho, ellos hablaban y yo escuchaba, admitiendo la derrota que supone ser español e ignorar las gestas del balón. Durante los siguientes minutos, Messi quedaría relegado a un segundo plano por Ronaldo y Ronaldo por el equipo de Homs en el que había jugado uno de ellos.

Así sería cada noche, durante los seis días que permanecí allí. Nuestra relación acabó, con el correspondiente intercambio de direcciones, cuando encontré un nuevo sitio en el que alojarme. Pero allí siguieron ellos, alojados por el gobierno en aquel albergue juvenil, asistiendo a maratonianas jornadas en cursos de alemán y durmiendo en la habitación con los otros chicos que compartían el mismo destino o fatalidad. Nadie apagaría la luz aquella noche o la siguiente, nadie les susurraría “Buenas noches, Príncipes de Maine, Reyes de Nueva Inglaterra“, como Michael Caine en “Las normas de la Casa de Sidra”.

Mi último recuerdo es, sin embargo, optimista. El balón volvía a rodar por la congelada cancha del albergue, supliendo el abandono materno con auténticos momentos de camaradería. No nos vemos desde entonces, pero Facebook hace aún las veces de mensajero y sus fotos de viajes a más ciudades alemanas de las que yo hubiera soñado visitar, atraen la envidia de sus conocidos en Siria y también la mía. Ya incluso contestan en alemán. Mejor así, ellos disfrutan y nosotros envidiamos. Además ganó Ronaldo. No siempre ganan los malos. Que estas historias no las acallen ni el ruido de las imprentas ni el de las pistolas.

[Paréntesis español] Asalto fallido a los cielos – Final de temporada

La revolución de las sonrisas no logró asaltar los cielos. Ni siquiera logró destronar a Pedro Sánchez, al que es más que probable que, como a Jeremy Corbyn, defenestren los suyos en unos Idus de Marzo. Una vez más se oyen los cantos de sirena del PSOE andaluz, que pese a ser también barrido por la marea azul, no cesa en su empeño de cobrarse la pieza de quien capitanea el barco. Como decía Iñaki Gil en un artículo en El Mundo, cuando Sánchez ve aparecer a sus barones se acuerda de aquel Julio César atisbando las señales que le indicaban su final: “Ya están aquí los Idus de Marzo”; a lo que un augur contestó: “Sí, ya están aquí, pero todavía no han pasado”.

Ni siquiera entre ese caos logró abrirse paso Pablo Iglesias. Tras el jaque de la derrota, poco queda de los corazones bordados en estandartes de campaña. Pero Iglesias, que niega que el emperador vaya desnudo, se ha cosido con ellos el traje de Reina de Corazones y ha gritado aquello de “¡Que le corten la cabeza!”, refiriéndose a politólogos, encuestadores y demás seres acusados de brujería. La gente de buena fe descarta que con ello se refiera a su propio equipo, la mayoría de ellos profesores de Ciencias Políticas.

Sin embargo, no todo está perdido en la batalla del amor. “Para que crezca el amor no solo hay que regarlo sino también extirpar las malas hierbas”, recordó ayer Echenique en un mensaje de Telegram. Una afirmación que representa tanto la llamada a la calma como un recordatorio para mantener la mano en la empuñadura. De alguna manera recordaba a aquella sesión en la Convención Francesa en la que, tras oír el encendido alegato del diputado jacobino Georges Couthon – como Echenique, también en silla de ruedas – el girondino Vergniaud gritó: “-¡Dadle un vaso de sangre a Couthon, tiene sed!”.

Algunos dirán que sobraron alianzas y abrazos con Julio Anguita, también conocido por el sugerente apodo de Califa Rojo. Otros, que la guarnición peronista de Errejón no cobró el protagonismo necesario. Sólo hay una cosa clara: si “Unidos Podemos” quiere hacer algo con los pertrechos – una cuantiosa suma de diputados con los que rearmarse – deberá hacer honor a su nombre y evitar tentaciones fratricidas y bruscos golpes de timón. En los campos de tierra arrasada todavía resuenan las palabras de Iglesias tras la dimisión de Monedero: “Es un intelectual que necesita volar”. Una frase fácilmente confundible con aquella otra de Juego de Tronos, pronunciada antes de que un hombre fuera arrojado por los aires: “Make the bad man fly”.

Y de fondo, Mariano Rajoy, el eterno superviviente. El tapón de corcho que sigue a flote cuando pasa la marea, por allá en las Rías Baixas. Abandonada la táctica de no hacer nada y dejarse llevar por el flujo de los tiempos – “taoísmo galaico”, lo calificó recientemente Jorge Moragas  – esta vez Rajoy se ha encaramado a la placa tectónica y teutónica europea para pedir, llegado el caso, el cierre de las puertas a Escocia. El mensaje se ha captado en Cataluña. Decía Rosa Díez de los gallegos que no se sabe si suben o si bajan. En esta ocasión, no queda duda de que suben.

El Napoleón del Sarre

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Fundación del ex canciller socialdemócrata Willy Brandt, en la Avenida Unter den Linden

Cuando Pedro Sánchez llegó ayer a Berlín para reunirse con el líder de los socialdemócratas alemanes, Sigmar Gabriel, nadie supo dejar claro quién acudía a consolar a quién. Mientras el PSOE encajaba a duras penas el encaje de la Izquierda a su izquierda, las encuestas desvelaban que los socialdemócratas alemanes cosecharían poco más de un 19% en unas próximas elecciones. “Hazte así, Pedro, que tienes un rastro socialdemócrata en la cara”, aseguró haber oído alguien próximo en la reunión entre ambos.

Seguramente un cargo brillante en el PSOE (inserte Ud. el nombre aquí) recomendó a Pedro una jornada con los amigos del norte, porque ya se sabe, qué puede ir allí peor que aquí. Berlín, conocida por su vida alternativa y la proliferación de comercios Bios, veganos, o vegetarianos – uno aún se pierde entre tanto matorral – debió antojarse como el hábitat perfecto para lo que Vargas Llosa llamaba y llama “izquierda vegetariana”, la izquierda que no muerde o que no muerde demasiado. La carnívora – siempre según Don Mario, claro está – es más dada a hincar el diente y puede reconocérsela en su hábitat natural, sin soltarse la coleta, en las tertulias de la una de la tarde.

Me pregunto en qué pensaría Gabriel cuando tomaban asiento en una sala austera y surcaban protocolariamente los bordes de sus respectivas tazas con la cucharita del té. Me pregunto si, en el ínterin de una conversación sobre refugiados, Sánchez se atrevió a mencionar a Podemos, como hiciera ante Alexis Tsipras, y los dolores de cabeza que éstos le producían. Me pregunto, también, si Gabriel asintió entonces, no sólo condescendiente sino incluso con conocimiento de causa, al oír esa historia épica sobre sorpassos, asalto a los cielos e izquierdas que se fracturan por la mitad. Me pregunto si se acordó de Lafontaine.

“Llegará lejos, se cree lo que dice”, dijo una vez Mirabeau sobre Robespierre en vísperas del amanecer revolucionario. La misma frase podía aplicarse para Oskar Lafontaine, el que fuera la gran esperanza del partido socialdemócrata alemán, SPD, hace casi dos décadas. Bajito, carismático y con don para conquistar a las masas, era conocido como el “Napoleón del Sarre” por el Bundesland del que provenía. Erigido como uno de los candidatos a suceder al ex canciller Helmudt Schmidt – procedente de la norteña Hamburgo, es decir, alemán doblemente pragmático – tuvo la osadía de defender, en un momento prematuro, reformas más favorables para la mujer o los trabajadores, el ecologismo, la defensa de un “crecimiento cero” que fuera contra el crecimiento desorbitado, así como el abandono de la OTAN y el rechazo frontal al despliegue de misiles en suelo alemán. Helmudt Schmidt, con su flema característica, lo sentenciaría con rápida concisión:”Es un hombre que habla muy complicado”.

No fue el único llamado a suceder a Schmidt. Gerhard Schröder, que como Lafontaine había perdido a su padre en la guerra mundial, representaría con el paso del tiempo la candidatura predilecta para dirigir el partido. Como Lafontaine, era ambicioso, le gustaban las cámaras y a las cámaras también les gustaba él. Sin embargo, tenía algo que Lafontaine no tenía: flexibilidad de cara a los empresarios y menor vehemencia en los planteamientos ideológicos. Y una desmedida ambición. “¡Quiero estar ahí dentro!”, confesaría haber gritado borracho, encaramado a la verja de la Cancillería, diez años antes de su elección como canciller.


Si a Lafontaine le hubieran preguntado su opinión sobre Schröder, seguramente habría contestado con aquella célebre y cachonda definición de Helmudt Schmidt sobre el ex canciller Helmudt Kohl : “Creo que hay un par o tres de campos en los que necesita aprender un poco más: Asuntos Exteriores, control armamentístico y estrategia militar, y economía y finanzas”. Sin embargo, en público, la agenda política marcó una falsa Pax Socialdemócrata entre ambos pesos pesados. Lafontaine mantuvo controlado al partido y al ala izquierda, y Schröder se hizo con la cancillería. La recompensa: el ministerio de Finanzas. Por parte de Schröder: un regalo que pretendía mantener con el ronzal a la línea-Lafontaine. Por el lado de Lafontaine: un lugar desde el que ejercer influencia ideológica desde un segundo plano.

Sin embargo, a la larga, la lucha entre las dos almas del SPD, acabaría estallando. Las ruedas de prensa eran un buen momento para tomarle el pulso a la relación:

-Señor Canciller, ¿qué opina sobre los rumores que dicen que Lafontaine pretende convertirse en una especie de “Canciller del Tesoro” en la sombra?

A lo que Schröder contestaba con afilado sentido del humor:

-Sinceramente, tras ver lo que Helmut Kohl nos ha legado, no creo que se pueda hablar de ningún tesoro…¡Ah, y por cierto, el Canciller soy yo!

Lafontaine no duró mucho más. Siempre prematuro, siempre díscolo, como Ministro de Finanzas Lafontaine se atrevió a pedir la regulación del sistema financiero, lo que causó un terremoto en el establishment que llevaría al diario The Sun a titular: “El hombre más peligroso de Europa“. No sólo eso: en Alemania se atrevió incluso a pedir una reducción de los intereses al Bundesbank, con tal de facilitar el crédito, obviando con ello la célebre frase sobre la sacrosanta independencia de la autoridad bancaria: “No todos los alemanes creen en Dios, pero todos creen en el Bundesbank”.

-¿Sabe usted que soy el hombre más peligroso de Europa?.-  bromearía una vez Lafontaine ante el director del FMI.

A lo que éste contestó: Tranquilo, entonces yo soy el más peligroso del sistema internacional.

La historia, o el fin de ella, es conocida en Alemania: a la larga, Lafontaine se había hecho demasiado incómodo para continuar en el partido y acabó dimitiendo. Schröder, por su parte, llevaría a cabo la Agenda 2010, la reforma que remodeló el sistema laboral y económico alemán y que marcó el principio del fin de los socialdemócratas. Tras ello, jamás volverían a levantar cabeza.

En uno de los viajes de Lafontaine a España, Vázquez Montalbán contó en El País: “…este hombre ha sido casi ninguneado no ya por el Gran Hermano desideologizado y desideologizador, sino también por sus compañeros de militancia, que lo ven como un socialista incorrecto y hoy sin poder, autor además de ese libro convertido en un implacable espejo de la asumida y acomodaticia impotencia socialdemócrata para enfrentarse a los señores de la Bolsa y la Vida.” 

Es por eso que me preguntaba si Gabriel y Sánchez hablaron de Lafontaine. O de Schröder o del SPD. Si hablaron de profecías autocumplidas mientras tintineaba la cucharilla del café. Si resonaban aún las palabras de Lafontaine cuando se despidió:

-El corazón aún no se vende por dinero, sino que tiene un lado en el que está. Late a la izquierda.

El día que Mark Twain aprendió alemán

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Foto que no tiene nada que ver con el texto, pero la culpa es como siempre de los buffetes de abogados de derechos de autor / Autor: Yo, creo.

Los milagros existen. Están ahí. El que no quiere verlos es porque no mira: Santa Teresa, por ejemplo, vela por España las 24 horas del día (marca en seria disputa con el Opencor, pero todo se andará). La afirmación pertenece a Jorge Fernández Díaz, ministro del Interior, que sin embargo dedica su tiempo a menesteres del Más Allá. Otro milagro es el del suegro de Granados, quien se mostró tan sorprendido cuando la Guardia Civil encontró cerca de un millón de euros en su casa que sólo se le ocurrió decir:  “Entra tanta gente en mi dormitorio…”

Hay, sin embargo, milagros de mayor calibre: el otro día escuché a alguien asegurar que había aprendido alemán en 3 meses. Así, sin más, sin anestesia, que diría un viejo amigo. Fue entonces, entre milagros y obras, que me acordé de Mark Twain.

A lo largo de un ensayo publicado en 1880 y que sería recogido bajo el título The awful german language, Mark Twain venía a concluir, tras más de 80 páginas, que era más fácil declinar una botella gratis de Moet Chandon que declinar en alemán. Suscribo sus palabras. Tras un año entero asistiendo asiduamente a clases de alemán en Barcelona (el 50% de ellas cantando canciones con una profesora con complejo de Massiel), otro año más asistiendo parcialmente y un tercero interrumpido por las prácticas de la universidad, todavía no puedo afirmar que sepa hablar alemán. Es un idioma traicionero. Hay veces en las que, pese a su descrédito como idioma de palabras largas y frases sinuosas, se muestra extremadamente conciso:

-¿Cuál es el tema de la manifestación?

,pregunté ayer a un policía que bloqueaba una de las calles principales, en dirección a Unter Den Linden, en pleno Berlín:

-Merkel muss weg! / Merkel se tiene que ir.

Lo dijo así, en apenas un suspiro y casi tres monosílabos. Y con una rigidez y claridad que parecían suscribir y burlarse a la vez de la afirmación. La traducción literal al español sería Merkel tiene que pillar el camino e irse. Pero el alemán, pese a su fama, se permite el lujo – a veces – de ser extremadamente breve. Algún malicioso aseguró, no sin razón, que puede mantenerse una conversación en alemán con apenas cinco fórmulas de dos monosílabos cada una. En parte, no le faltó razón: Ach, so!, pronunciado como un escupitajo no sólo sirve para expresar ah, no lo sabía, sino también ah, bien, de acuerdo.

Ja Wohl puede ocupar fácilmente el lugar de un Por supuesto, y Ja klar el de un Claro que sí, mientras que na ja siempre es un bueno, y genau, el comodín a todos los argumentos sin signos de interrogación: exacto, eso mismo, así es. Cualquier persona que aterrizara mañana en Berlín con sólo esas cinco frases en la cabeza, podría salir impune e indemne del combate con su interlocutor.

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Columna del semanal ‘Die Zeit’

Pero hasta ahí las facilidades. La concreción, y no la longitud, es el enemigo principal del estudiante en las trincheras del idioma alemán. Desde la clásica diferencia entre el comer de los humanos – essen – con el comer de los animales – fressen – hasta los sentimientos más profundos. Hay hasta una palabra para expresar la alegría que se siente ante el mal ajeno  (Schadenfreunde) y otra para la nostalgia que se siente ante países lejanos (Fernweh) o incluso una diferencia entre la nostalgia hacia un lugar (Heimweh), la nostalgia hacia personas (Sehnsucht) o la nostalgia hacia un pasado (Nostalgie). , exacto, como si todo lo que se añorase no perteneciera al pasado…

Que el alemán no es un idioma de puertas abiertas lo demuestra el verbo abrir. Mientras que öffnen se usa para abrir algo en sentido genérico, no se puede abrir/öffnen una botella, una frontera o una puerta -la puerta, por cierto, se puede aufschliessen sólo con llave -, sino que se pueden aufmachen. Mientras que también se puede aufspannen/abrir un paraguas; las piernas se pueden spreizen; el grifo se puede aufdrehen y el libro se puede aufschlagen.

Cuando se entiende el alemán, se entiende al alemán. Decía el gran Oskar Lafontaine que “las virtudes que encarna Helmudt Schmidt (ex canciller favorito de los alemanes) – laboriosidad, orden, puntualidad – pueden servir tanto para hacer una labor positiva como para dirigir un campo de concentración“. La frase, de apenas pocas palabras, contiene en sí suficiente terreno para abonar al debate y la disputa. Al fin y al cabo: ¿De qué sirve ser eficiente si el producto final de esa eficiencia acaba perjudicando a otros? O: ¿acaso las virtudes racionales llevan siempre a un destino racional?

El tema de este artículo surgió tras un encuentro literario con otros hispanohablantes. Como no podía ser de otra manera, nos dedicamos a lo que se dedica todo expatriado que se precie y acabamos atacando al alemán dónde más le duele: el idioma. Lo que pasó después se difumina. Entrechocar de copas y botellas. Pero alguien leyó a Borges. Porque Borges siempre llega, con respuesta o sin ella:

Mi destino es la lengua castellana,
El bronce de Francisco de Quevedo,
Pero en la lenta noche caminada,
Me exaltan otras músicas más íntimas.
Alguna me fue dada por la sangre-
Oh voz de Shakespeare y de la Escritura-,
Otras por el azar, que es dadivoso,
Pero a ti, dulce lengua de Alemania,
Te he elegido y buscado, solitario.
A través de vigilias y gramáticas,
De la jungla de las declinaciones,
Del diccionario, que no acierta nunca
Con el matiz preciso, fui acercándome

Más allá del Muro: Capítulo II

Parece una eternidad desde el último post, cuando mi vuelo aterrizaba en este país sumido en turbulencias (el vuelo, pero también el país). Recordemos: el AfD, el partido de la extrema derecha, planeaba ya con éxito en las encuestas. Finalmente han logrado un resultado moderadamente exitoso para cualquier pueblo apacible, y alarmantemente exitoso para el siempre hipocondríaco pueblo alemán. No ha sido lo único. Por ejemplo, Erdogan ha tenido tiempo de firmar un pacto con la UE que no solo lo ha convertido en el Jenízaro en jefe de la empresa externalizada de vigilancia de refugiados – a.k.a. Turquía – sino también en el supervisor en jefe de la libertad de expresión en Alemania.

Al periodista de Der Spiegel, Hasnain Kazim, no le han renovado el permiso de prensa en Turquía y ha tenido que abandonar su corresponsalía, presumiblemente por su trabajo crítico con la deriva autoritaria turca (como si la función de un periodista no incluyera “crítico” en el concepto mismo). Tras ello, una canción satírica de la cadena alemana ZDF ha provocado que Turquía llamara a consultas al embajador alemán, que a su vez ha llevado a que el humorista Jan Böhmerann desatara un debate nacional acerca de qué se puede y no se puede decir (“De Erdogan al 10, ¿cuán grande es tu sentido del humor?“, pudo haber sido un bonito titular).

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Vistas desde Warschauer Strasse, desde donde el Este se extiende a sus anchas.

Durante ese periodo de tiempo he tenido tiempo de vivir en Neukölln y mudarme a Kreuzberg, lo que equivale a decir que he vivido más tiempo en Turquía que en Alemania. Que los turcos sean legión en ambas zonas de la ciudad, que los kebabs inunden Oranienburger Strasse o Karl Marx Strasse, o que los barberos turcos pillen casi por los pelos a los barberos alemanes no es sólo un elemento demográfico, es justicia poética en una ciudad que los nazis pretendían entregar a los alemanes y sólo para los alemanes bajo el nombre de Germania. No sobrevivirá el Berlín de Chris Isherwood, el de los cabarets y sinagogas y locales manejados por judíos; no sobrevivirá la Galicia de ucranianos, judíos, polacos y gitanos recordada por Joseph Roth en “Judíos errantes“; tampoco la mitteleuropa de Stefan Zweig imaginada en las calles y teatros de Viena.

Pero a aquellos oasis multiculturales sí les sobrevivirán otros: el Rossia-Imbiss, erigido como supermercado y emblema de la imigración rusa de los 90 en Charlottemburg -también conocida, con cierta sorna, como Charlottengrado – al oeste de la ciudad; las trattorias italianas como puesto de avanzadilla de los europeos del sur, de los de los 60 y de los de hoy; los mencionados turcos y africanos poblando lo más granado  y bohemio de la ciudad, hasta el punto de convertir Görlitzer Park en un trasunto del Hamsterdam de The Wire; incluso un nuevo pueblo, los Hipsters, invadiendo Prenzlauerberg hasta convertirlo en una fortaleza infranqueable e inexpugnable (barbas largas y bolsillos llenos constituyen los dos únicos requisitos para cruzar a esa zona norteña y ninguno de los dos están, por ahora, a mi alcance).

Antes, sin embargo, hubo tiempo para sobrevivir a Lichtenberg. Casi diez días encerrado en la habitación de una pensión solitaria en el barrio que se extiende más allá del Oberbaumbrücke, el puente que conduce a Warschauer Strasse y que conduce a más allá del muro, territorio del Este. Diez días, en cualquier caso, para intercambiar las primeras palabras en un idioma alemán de bajos vuelos, de esos incapaces de resistir la metralla de un “¿Quisiera también una bolsa?” disparada en un alemán cerrado, rápido, fugaz y fulminante, como si fuera un ataque relámpago de la Luftwaffe.

Diez días para lidiar con dependientes cuyo carácter volátil ante la incomprensión extranjera podía estallar en cualquier momento (alguien dijo: “es el carácter berlinés en invierno”; añado: ya es primavera). Diez días, en definitiva, para presenciar en carne y hueso el tópico del recto alemán (“¡Tiene que atenerse a las reglas!” le gritó una señora a otra señora por subir con bici en el vagón equivocado en pleno domingo, ante la cabeza cabizbaja de su aludida y la indiferencia del resto de los presentes.).

Tampoco llegué en buen momento: la llegada de refugiados llevaba meses desbordando a Merkel, que por primera vez veía tambalearse seriamente su siempre estable gobierno alemán; los derechos de Mein Kampf, la gran obra escrita por Hitleraún entonces en manos del Estado bávaro, pasaron a dominio público tras décadas y empezó a venderse como rosquillas o pretzels. Otro debate atenazó durante esas semanas al pueblo alemán: ¿resucitaría la puesta en circulación del “libro maldito” una nueva corriente ultraconservadora?. También levantó polvareda Er ist wieder da (Ha vuelto), la adaptación cinematográfica del polémico libro sobre un Hitler ficticio sometido a una especie de Regreso al futuro. Todo ello mientras los refugiados se agolpaban a las puertas, Orban y el Este se declaraban en rebeldía, Putin se regodeaba en el “divide y vencerás” frente a Europa y el AfD se cernía sobre Alemania.

Suele decir Pedro Ruiz que Franco no murió, estalló en mil pedazos y ahora cada uno de ellos está repartido por España. En cuanto a Hitler, tampoco creo que haya desaparecido, pero pervive de otra forma: sobrevive su sombra. Durante los meses mencionados, la sombra de Hitler planeaba y se cernía sobre Alemania. De hecho, lo hace siempre. Está allí cuando los debates tienen lugar en la esfera pública, marcando como el Finisterre el límite del mapa moral y el inicio de la inmoralidad. Está allí cuando un tertuliano dice en una TV pública que Putin es un buen presidente porque “le gusta la música clásica” y alguien responde que no, que a Hitler “también le gustaba Wagner“.

También está allí cuando los manifestantes griegos muestran carteles de Merkel con simbologías nazi. Está allí cuando alguien vierte un comentario a favor del AfD o contra el AfD. También estaba allí cuando una noche de copas, un compañero alemán procedente de Nuremberg me dijo lo mucho que le cansaba que todavía a él y a su generación se les inculcara “la culpa”.

“Dice verdad aquél que dice sombra”, decía Paul Celan y lo recordaba Gabriel Albiac en su discurso sobre Auschwitz. Con la sombra de Hitler en la nuca, en todas sus manifestaciones, aterricé en Alemania. Como dije, no llegué en buen momento. Pero continuará.

Más allá del Muro – Capítulo I

“Empezaré por el principio y acabaré por el final”, sentenció una vez Vila-Matas en el inicio de una de sus más kafkianas conferencias. Lo más parecido al principio de este viaje anárquico convertido en blog fue el despegue de mi vuelo, el 4U 8527 de Germanwings, un nombre que se sumó ya de antemano a la maleta de prejuicios y fobias que llevo conmigo siempre que decido subirme a un avión. La Generación LOST, la caída en directo de las Torres Gemelas y la mera pérdida de tierra firme son algunos de los motivos que siempre han conllevado la aparición de un sudor silencioso y casi ritual previo al despegue hacia cualquier parte. Ni siquiera el consuelo de que Ralph Fiennes se lo había montado con una azafata en pleno vuelo o que el Melendi de turno podía aparecer en cualquier momento, lograron disipar la imagen de un piloto desquiciado estrellando un avión en el mar blanco y encrespado de los Alpes.

“Vuelo 4U 8527 de Germanwings”, leí otra vez en el mostrador, mientras apuraba el último trago de cerveza y recordaba la tarde en que la redacción de El Mundo Catalunya, en la que entonces hacía prácticas, hacía lo imposible para escribir los perfiles de algunas de las víctimas de la tragedia. Fue la primera vez que pude ver a una redacción entera sometida a un test de estrés – los periodistas de la sección Cultura escribiendo sobre fallecidos cantantes de ópera y admiradores de Wagner; los de Política haciendo lo imposible por abrirse paso entre el torrente de declaraciones y familiares – y una experiencia más viva que cualquiera de las vagas enseñanzas, despojadas de rostros o historias, de la universidad. “¡Oh, Dios mío!”, “¡Oh, god!”, “¡Oh, mein Gott!”, habían gritado algunos de los pasajeros mientras el piloto aporreaba en vano la cabina en la que se había encerrado el ejecutor de todos ellos. Fue lo que más sorprendió en aquel día fatídico, la unanimidad con la que unos y otros imploraban al mismo nombre aun en idiomas distintos, ignorando lo que el intelectual Christopher Hitchens ya había apuntado años antes: “Ante la inútil pregunta de “¿Por qué yo?” el cosmos apenas se molesta en responder: “¿Por qué no?”.

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“¿Le importa que deje la mochila aquí?”, pregunté yo. Fue a mi compañera de asiento, una mujer asiática, a la que después incordiaría con un “la comida viene incluida, ¿verdad?” y más tarde con un “no vamos con retraso, ¿cierto?”, y a la que en cualquier caso lo único que quería transmitirle era una especie de pacto velado de complicidad, una especie de sobre bajo mano con la sola frase: “¿Seguro que es seguro? El avión, quiero decir”. El motor arrancó y el avión despegó. Y tras sobrevolar los Alpes, al cabo de unos minutos que se hicieron eternos, el muro físico del viaje se esfumó. Atrás quedaron los miedos y las tragedias, reducidas a una especie de caricatura cuando muchos de los viajeros empezaron a mirarse aliviados, como los miembros secretos de una broma inaudible.

“Empezaré por el principio y acabaré por el final”, había dicho Vila-Matas. Lo que siguió al despegue fue el descenso. Un descenso a la par del atardecer, en el que el mar azul dio paso a un temporal de nubes grises que presagiaban tormenta. Y allí abajo, Berlín.

PD: (Este es un mensaje para los bufetes de abogados especializados en derechos de autor, mejor conocidos como “el mayor enemigo del hombre en el siglo XXI” y especialmente prolíficos en Alemania: Pese al título, esta entrada no tiene vinculación con George R.R Martin. Conocí, sin embargo, a los “salvajes más allá del muro“, tras cruzar el Oberbaumbrücke, donde el territorio hostil del Este se desplega a sus anchas y Europa se convierte en misterio. Pero eso quedará para los siguientes capítulos.)

 

Entrevista a Rafael Poch: “Alemania es el país de las revoluciones fallidas”

Cuando me piden que nombre a un “referente” nunca sé que responder. Soy mitómano, así que tiendo a venerar a multitud de personas por motivos distintos. Sin embargo, siempre acaba sobresaliendo un nombre por un motivo u otro. No es el más mediático, si eso significa sorprender a la audiencia cada domingo en el Prime Time. Tampoco es el más polémico, si eso significa aparecer en las principales tertulias como protagonista de la más furibunda trifulca nacional. Pero cuando Rusia abandonó su coraza como caballero andante de la URSS y se arrojó al vacío desde el caballo socialista, él estuvo allí. Y cuando el Gigante Asiático mejor conocido como China despertó resurgió, también estuvo allí. Y cuando Alemania se adueñó de la batuta durante la mal llamada “crisis de la deuda nacional europea”, sí, también estuvo allí.

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¿La envidia de cualquier corresponsal? Aún hay más: como si tuviera un olfato privilegiado para captar el momento en el que un país emprende el rumbo hacia la tormenta perfecta, antes de que resonaran las balas de Bataclan, el Estado de Excepción y las fracturas de la izquierda francesa, Rafael Poch de Feliu, con el olfato y la capacidad analítica de siempre, ya estaba en París. Y allí sigue. Como siempre, de la mano de La Vanguardia. Pese a que sus parámetros ideológicos le coloquen en coordenadas muy distintas a las de su periódico. En esta ocasión, sin embargo, tuvo tiempo para volver atrás en una entrevista. Sobre Alemania, su reincidente condición como guardián de las esencias (conservadoras) europeas – estatus que quizás comparta con Rusia – y sobre las dificultades que afronta la izquierda en el país con más desigualdad de Europa, según un informe del Instituto Alemán de Investigación Económica.

-Alemania es tradicionalmente un país conservador. ¿Cuál es la situación de un partido como Die Linke (La izquierda) en el panorama político?

El establishment alemán se caracteriza por su organización. Su cultura política es, por un lado, la particular tradición histórica de que el Estado está por delante y por encima del derecho, y, por el otro, el anticomunismo, que fue el pasaporte de homologación democrática de los ex nazis en Occidente después de la II Guerra Mundial. Eso encoje mucho el terreno de juego para cualquier fuerza que cuestione aspectos del consenso de ese establishment. Die Linke cuestiona dos aspectos claves: el neoliberalismo (es una fuerza genuinamente socialdemócrata que por el corrimiento general hacia la derecha es presentada como de “izquierda radical”, pero que defiende cosas que el SPD y hasta la CDU defendían inmediatamente después de la guerra) y el antimilitarismo. Por eso es descalificada política y mediáticamente como una fuerza irresponsable, al tiempo que es tentada para que regrese al redil renunciando, total o parcialmente, a ambos aspectos. Es, en definitiva, la única fuerza de cambio en un país blindado contra el.

-¿Qué dificultades encuentra la izquierda (entendiendo como tal cualquier fuerza que se salga de los márgenes del SPD) para prosperar en dicho panorama?

 
El habitual en toda Europa: la denigración mediática, la presión política, la hostilidad de los poderes económicos, pero todo ello de una forma más “organizada” que en cualquier otro país de Europa y más eficaz desde el punto de vista de la credulidad de la sociedad..

-¿Qué representa el antiguo líder del partido, Oskar Lafontaine, para la izquierda alemana y para el ‘establishment’ en general? ¿Y Gregor Gysi?
 
Lafontaine es un gran peligro porque es un político, brillante, muy competente que conoce muy bien el sistema por dentro, debido a su trayectoria y sus responsabilidades. Y es un hombre de principios que formula dos fronteras claras que dividen izquierda y derecha en su país, las dos cuestiones mencionadas. Gysi es más flexible en ambas cuestiones. Por eso, a largo plazo  gente como Gysi es la esperanza del sistema en “domesticar” a Die Linke, como ocurrió en el pasado con el SPD y los verdes. Evidentemente no es el único que reúne esas características en Die Linke.

-¿Es extrapolable el éxito de un partido como Podemos en Alemania?
 
No. No existe en Alemania el nivel de desprestigio de las instituciones que hay en España y la ventana de oportunidades que ello abre. La sociedad alemana es muy activa en la defensa de intereses pero en el fondo está muy poco politizada. (véase el caso de los Piratas, un verdadero esperpento). No hay tradición de rebeldía desde abajo, sino de reforma desde arriba. El enfrentamiento, con el que los diversos intereses se miden, está feo y siempre cede a la colaboración.

-¿Qué valoración tiene que el presidente alemán Joachim Gauck, a quien se le presupone cierta neutralidad debido a la condición de su cargo, exprese su temor sobre que un partido como Die Linke pueda llegar a gobernar?
 
Gauck es un producto del establishment en su día convenientemente cocinado por los grandes medios de comunicación (que no están al servicio del poder, sino que son el poder). Su biografía de “disidente” en la RDA es un fraude manifiesto. Fue literalmente llevado al poder (tras la demolición de su antecesor, Wulff) por su idoneidad neoliberal y promilitarista. Es un reaccionario en el sentido más genuino del término. Su cruzada contra Die Linke forma parte del papel para el que fue programado.

-¿Por qué Merkel tiene tanto éxito en su país?
 
Por miedo, en gran parte. El miedo es una figura central de la sicología colectiva alemana. En este caso miedo a que las cosas vayan aún peor en el país. Aunque ideológicamente es una Thatcher, su estilo es discreto y tranquilizador. Pero sobre todo, Merkel se beneficia del hecho de que no tiene a nadie enfrente: sus teóricos adversarios del SPD practican una política muy parecida a la suya y carecen de figuras. En la CDU ella se ha encargado de eliminar a todos  aquellos que destacaban. De todas formas que gane elecciones no quiere decir que tenga “éxito” en el sentido de que suscite pasiones. No creo que Merkel suscite pasión o devoción carismática en Alemania. Simplemente “es lo que hay” en un país despolitizado, miedoso y alérgico a la rebeldía.

-Dirk Kurbjuweit, periodista de Der Spiegel, ha escrito un libro llamado “No hay alternativa” en referencia a la época Merkel en Alemania. Según Kurbjuweit, todos los cancilleres precedentes manejaron cuestiones polémicas en sus legislaturas (el último ejemplo Schröder con su Agenda 2010). Para él, el éxito de Merkel está en que ha logrado un perfil bajo que evita las polémicas y que está poniendo en peligro la democracia en Alemania porque, como recuerda también George Packer en The New Yorker, el no-cuestionamiento entorno a su figura se basa además en neutralizar a la oposición “apropiándose” de algunos de sus planteamientos (comprensión con los sindicatos, retraso jubilación, ayudas, etc), todo ello, mientras los medios alemanes, predominantemente centristas, se limitan a hablar sobre cuestiones como “confort” o” calidad de vida”. ¿Qué opinas de ese análisis? 
 
Algo de eso puede haber, pero sobre todo se ha cultivado su imagen desde los medios. Los grandes escándalos suelen ignorarse (NSU/ NSA) y, es verdad, que ella tiene cierta habilidad para sobrevivir sin exponerse….

-Dice el periodista alemán Georg Diez que “Alemania se está volviendo más alemana, menos occidental. Alemania ha descubierto sus raíces”. ¿Existe algo así como un hecho diferencial alemán? (con la correspondiente incomodidad que pueda suscitar esa pregunta si nos atenemos al pasado reciente).
 
Alemania es lo que ha sido siempre a lo largo de su historia, el país de las revoluciones fallidas y las contrarrevoluciones preventivas exitosas, una especie de vanguardia reaccionaria europea, todo eso adaptado a la nueva “emancipación” que inaugura la Quinta Alemania tras la reunificación. Quizá ese autor exprese eso con lo de “redescubrir sus raíces” pero yo creo que en el fondo la Alemania de hoy es la Alemania de siempre en las circunstancias históricas actuales. Lo “diferencial”, específico de Alemania, es su tradición política y cultural; la tradición del absolutismo, su filosofía especulativa siempre despegada de la práctica política, su rudo nacionalismo étnico tendente al racismo, la separación que practican entre cultura y civilización, en el sentido de que puede haber otros pueblos “civilizados” pero que solo los alemanes son “cultos”, su ausencia completa de inteligencia emocional, su complejo de superioridad con el que envuelven la evidencia de su menor sofisticación, vital y cultural, hacia vecinos como Francia…

Rafael Poch es coautor junto a Àngel Ferrero y Carmela Negrete del libro “La quinta Alemania” (Icaria editorial).

Una sombra en la ciudad de las luces

Cuando una delegación del Gobierno británico asistió a la reapertura de los campos de concentración en Alemania, algunos miembros contaron que lo que habían visto y sentido era tan terrible que no tenían palabras para expresarlo. Sólo Dylan Thomas dijo: “Deberían enviar poetas”.

Lo de ayer no tiene nombre y costará mucho tiempo encontrar las palabras exactas para definirlo. Lo que sí sabemos es:

-Que ayer fue París, pero antes de ayer fue Beirut y mañana será Bagdad. Ésto no es La Guerra de Los Mundos, no es una película de dos bandos ni de efectos especiales, no es Occidente contra Oriente. Los que hoy utilizan a niñas kamikaze habrían metido a familias enteras en hornos humanos. Es fascismo islámico, pero fascismo.

-Estados Unidos y Europa tienen que replantearse si seguir amparando los crímenes contra la Humanidad cometidos por Israel, permitiendo que el ISIS lo use para legitimarse. Estados Unidos y Europa tienen que replantearse si seguir apuntalando dictaduras laicas (como si el adjetivo cambiara gran cosa). De todo eso tiene la culpa Occidente. Pero ni Estados Unidos ni Europa tienen la culpa de que unos locos reivindiquen un Califato extinguido hace más de 500 años del mismo modo que no tenían la culpa cuando Hitler se expandía por Austria escudándose en su “espacio vital”. Masoquismo sí, pero con límites.

-El periodista Ramón Lobo contaba que cuando él estaba en Afganistán, siempre le sorprendía que todos los niños querían ser médicos. Cuando preguntó por qué, le dijeron: “Porque es lo que aquí falta”. Sobran las armas y sobran los soldados que llevamos, faltan los médicos, los profesores y los libros que no llevamos.

 

“Français, en guerriers magnanimes
Portez ou retenez vos coups !
Épargnez ces tristes victimes
À regret s’armant contre nous.

[…]

Liberté, Liberté chérie,
Combats avec tes défenseurs !”

Pequeña historia rusa

“He would have made them mules
silenc’d their pleaders and dispropertied their freedoms,
holding them, in human action and capacity
of no more soul nor fitness for the world
than camels in the war”
(Coriolanus, Act II; William Shakespeare)

Zravstvuitie. No, Shakespeare no hablaba ruso ni tenía el don de Joseph Conrad para las lenguas. Que se sepa, claro. Entre las incontables virtudes de El Bardo de Avon no se encontraba el dominio del ruso, que era lengua de Tolstói, como el inglés lo era de Shakespeare. El título es solo un señuelo: al fin y al cabo, está comprobado que cualquier artículo, serie, libro o discusión de hoy en día es susceptible de ser comparado con Shakespeare cuando la cosa se pone culta, del mismo modo que Hitler aparece como estrella invitada en aquél punto en el que las discusiones políticas cruzan la frontera de la buena educación.   

Introducción extensa, sí. Pero el tema a tratar también lo es. Se llama Rusia, nada más y nada menos. Y cuando el ex agente de la CIA Edward Snowden decidió refugiarse en ella porque EEUU le pisaba los talones, el periodista de EL PAÍS Miguel Ángel Bastenier escribió: “Snowden tendrá ahora la libertad de desplazarse por una cárcel de varios millones de kilómetros cuadrados”. Unos 17 millones, concretamente. “Y es que siempre os metéis con mi tamaño”, diría Rusia si se la dejara hablar.

 Rusia es ese país ingente que trasciende continentes y husos horarios; una vasta extensión capaz de perder más de 20 millones de habitantes y vivir para contarlo; un imperio capaz de saciar antes las ganas de conquistar el espacio que las ganas de comer. Un territorio místico y desconcertante custodiado por desconcertantes monasterios de punta dorada; una inmensidad arrastrada por el horizonte, como en los paisajes áridos americanos de los libros de Cormac McCarthy, la Europa de los senderos de Patrick Leigh Fermour o la propia estepa rusa de Colin Thubron. Todo es descomunal en ella. ¿Qué mejor lugar sino Rusia para alumbrar el idealismo y el primer gobierno comunista del mundo? “¿No será que aquí, no será en ti que surgirán ideas ilimitadas, como ilimitada eres tú?”, dijo Gógol en su Almas Muertas.

Y así fue. El comunismo estallaría tiñendo el blanco nieve de carmín. Donde antaño corrieron hordas de mongoles correrían entonces regueros de sangre. El frío hielo siberiano pasaría a convivir con el frío acero de la industria soviética. Y entonces, cuando parecía que no quedaba nada más por fracturar en esa ingente llanura helada punteada por rojos y nevadas, llegó el capitalismo y no precisamente al rescate. La transición rusa fue inclemente y despiadada, como retrata minuciosamente Rafael Poch en “La gran transición”; como si por el hecho de ocurrir en Rusia tuviera que ser seria y exagerada, pues todo debe ser ser serio y exagerado en la tierra de los zares. Rusia descarriló como un transiberiano desbocado y sin control: unos pocos amasaron dinero y el resto amasó la miseria. Despojada de ilusiones y cansada de revoluciones, el aterrizaje en la realidad capitalista nada tuvo que envidiar al de Gagarin. Un chiste de aquellos días en la ya extinta RDA así lo reflejaba: “Todo lo que el comunismo nos contó sobre sí mismo era mentira, pero todo lo que nos dijo sobre el capitalismo se quedó corto”. El capitalismo llegó para quedarse, y con él, su cancerbero: Vladimir Putin, ex agente del KGB y hombre de armas tomar (y ya lo creo que las tomaba). La economía rusa despegó, es verdad. Pero tutelada por la mirada autoritaria, tan retraída como penetrante, de ese nuevo zar a cargo del timón del rompehielos. De nuevo, Rusia crecía pero amordazada. A los vigilantes externos de la OTAN se le sumaron los vigilantes internos del FSB (servicios secretos federales). Los rusos vieron como la libertad se veía cercada, como cuando Napoleón rodeaba con sus huestes las murallas de Moscú.

Fue entonces cuando apareció él. No lo hizo a golpe de cuerno, como los Rohirrim. Ni tampoco a golpe de balalaika. Lo hizo a golpe de talonario. Su nombre: Mikhail Khodorkovsky. Su tipo sanguíneo: oligarca. Fue uno de esos tipos astutos (¿corruptamente astutos?) que supo estar en el lugar adecuado en el momento adecuado, levantando un imperio empresarial llamado Yukos dentro de ese imperio congelado llamado Rusia. Hubieron otros. La mayoría había ostentado tanto poder durante la época de Boris Yeltsin como para rivalizar con el mismísimo presidente. Incluso algunos, como Boris Berezovsky, llegaron a formar una especie de lobby dentro del Kremlin que sería conocido como “La familia”. Pocos de ellos conservaron el poder con Putin, que sentenció que no había espacio para dos gallos en el mismo gallinero. Ni siquiera en uno del tamaño ruso.

Uno de ellos, Vladimir Gusinsky, acabó abandonando las acciones de su canal de televisión, que recibieron el abrazo de oso de Gazprom; el mencionado Berezovsky, por su parte, se vió obligado a refugiarse en Londres, donde pasaría a organizar la resistencia contra Putin en el exilio: desde allí viajaría por Europa con su jet privado mientras alentaba la revolución naranja en Ucrania o protegía al fugado Alexánder Litvinenko, todo ello siempre con la ayuda de su inseparable Alex Goldfarb, a su vez hombre de confianza de George Soros y que ejercía las veces de mayordomo de Berezovsky, como una suerte de Michael Caine en los Batman de Nolan. Mejor suerte corrió Roman Abramovich, cuya fama (y yates) le preceden.

Pero fue sobretodo Khodorkovsky, el que fuera el hombre más rico del mundo, quien realmente representó una amenaza para Putin y su gobierno. No obstante, sus incursiones en la política del país, su poderío económico y la sombra de sospecha sobre la gestión de su imperio Yukos, acabaron con sus huesos en la cárcel. Entró en 2003. Salió el año pasado. Fue una rivalidad política primero y mediática después. Desde la cárcel, el oscuro oligarca Khodorkovsky, un tipo de una inteligencia contrastada, se convirtió en una especie de mártir y un emblema de la oposición por obra y gracia de los medios occidentales, siempre tan propensos al maquillaje selectivo. Fuera, sin embargo, ha quedado inutilizado. Daniel Utrilla, excorresponsal de “El Mundo” en Moscú y devoto ortodoxo de ese otro patriarca de las nieves llamado Tolstoi, cita a menudo aquella frase de Gómez de la Serna, que aseguraba que “la nieve dota de papel de escribir a todo el paisaje” en Rusia. Y es que esta historia de aire shakesperiano (finalmente salió la palabra) tiene todos los ingredientes para concebir un drama de proporciones colosales. Jodorkovsky retornó de su exilio en Siberia pero no como Coriolano en Roma. Ni siquiera se ha quedado en Rusia, la tierra que esperaba con ansia su liberación. En una de las entrevistas más amargas que he visto últimamente, el periodista de la BBC, Stephen Sackur le preguntaba al nuevo Jodorkovsky:

“Rumores llegan desde Moscú. Se dice que se ha cerrado una especie de pacto entre Putin y tú: un pacto según el cuál tu no causarías más problemas políticos y no volverías a Rusia.”

Por supuesto, Khodorkovsky lo negó, no sin mucha firmeza. Y Sackur arremetió de nuevo:

“Durante los diez últimos años Vladimir Putin y tu habéis estado envueltos en una batalla de voluntades y tú has perdido diez años de tu libertad, has perdido tu imperio empresarial y ahora te encuentras en el exilio. ¿No es acaso cierto que en esta batalla entre Putin y tu, Putin ha ganado? […] Él te ha destruido, ha destruido tu vida, tu fortuna, y tendrás que vivir los próximos años fuera de tu país.”

A lo que Khodorkovsky finalmente respondió:

“[..] El objetivo era que el oponente del régimen fuera olvidado y hoy está claro que no lo han conseguido. Sigo siendo un problema potencial. Por otra parte, no diría que yo he perdido y Putin ha ganado. Mi liberación es un compromiso en el que Putin gana y la oposición gana.” 

El todopoderoso hombre que antaño rivalizara con Putin, como en una especie de rivalidad política de altura entre los ministros Talleyrand y Fouché durante la época napoleónica, aparecía ahora como un hombre sumiso que había tenido que pagar un alto precio por poseer la libertad, un precio altísimo pero irrisorio en comparación con salir libre de una cárcel siberiana. Como cuando el caído príncipe Bolkónski de Guerra y Paz, herido en el campo de batalla, alzaba la vista al cielo y se consolaba mientras se acercaba Napoleón: “Bonaparte le parecía un ser pequeñísimo e insignificante al lado de lo que estaba ocurriendo en su alma y el alto cielo infinito por donde se deslizaban las nubes”.

O como cuando Rust Cohle miraba el negro cielo en True Detective y se tranquilizaba observando las estrellas: “Una vez todo fue negro. Si me preguntas, la luz está ganando”. Siempre quedará la duda de si Jodorkovsky debería haberse ahorrado el pacto con el diablo para salir de la cárcel. Ahora está libre, sí. Pero quizás a cambio de lo más importante que representaba Jodorkovksy: su poder. Una vez Pierre Manuel, procurador de la Comuna de París durante la Revolución Francesa dijo algo así: “Una idea me atormenta. ¿No será mejor mejor esperar la libertad que poseerla?”. Probablemente ni Jodorkovsky sepa la respuesta. Lo que sí sé es que ni Shakespeare hubiera escrito un drama tan apasionante.

¿Periodista?

Era noche cerrada. La playa se extendía como una llanura inmensa frente al mar, apenas punteada por el reflejo de un móvil lejano jugando como una luciérnaga en la oscuridad. Tipos dudosos deambulaban y se movían torpes y lentos, medio aletargados y rociados por alcohol. Parecían descarriadas ovejas sin destino u hogar. Más allá, en el horizonte, gritos y música, muchos gritos y música. “Allí lo celebran todo y aquí el apocalipsis parece como si acabara de pasar”, dijo Él, para sus adentros. Unos 300 metros separaban el fastuoso jolgorio de aquel panorama desolador. Y cuerpos, muchos cuerpos, los que no erguidos, tirados y acurrucados por el suelo, como si quisieran mantener a buen recaudo el alcohol que se acababan de tragar. Eran los restos de una ciudad que nunca duerme. Los restos de una ciudad en la que Él siempre había ido a la deriva y a la que ya empezaba a añorar.

-Eh, tú. ¿Por qué estás ahí de pie? – le gritó una voz ronca desde alguna parte de la oscuridad.

Él estaba, en efecto, de pie. Se había pasado media hora observando lo que parecía ser el mar. Meditando, mirando atrás, cuando pisó la ciudad por primera vez: recuerdos, personas, lugares, sorpresas. Y entonces recordó aquella frase de aquel hombre al que admiraba:

-Lo que más me gusta de una ciudad nueva es que ningún recuerdo me asalta en ninguna esquina.

Se llamaba Enric González, y era periodista. Las malas lenguas decían que su brillantez sólo estaba a la altura de su pereza, que era inmensa. Cuando escribía, Enric lo hacía con una ironía punzante y demoledora, que aderezaba con pizcas de cultura recolectadas a lo largo de toda su vida. Pero no lo admiraba sólo por eso. Lo que le gustaba de Enric era que había sido valiente. En pleno huracán de la crisis económica, los periodistas eran despedidos o relegados a condiciones de miseria. En una ocasión, Enric escribió: “No quiero ponerme en lo peor, pero cualquier día, en cualquier empresa, van a rebajar el sueldo a los obreros para financiar la ludopatía bursátil de sus dueños”. No se refería a cualquier empresa, ni a cualquier dueño. Un día, los directivos de EL PAÍS llamaron a Enric. Le dijeron lo que al detective McNulty en la serie The Wire:

-¿A qué lugar no te gustaría ir?

Acabó en Jerusalén, como corresponsal. No era un exilio siberiano, cierto, pero para un tipo acostumbrado a dar su opinión, aquello fue lo más parecido a una represalia por rebeldía. Lo que sigue es conocido: Enric acabaría abandonando, por voluntad propia, la empresa, azotada como estaba por uno de los EREs más duros del mundo periodístico. “Que yo deje un empleo carece de interés. Que más de diez docenas de periodistas sean despedidos de un periódico que baña en oro a sus directivos y derrocha el dinero en estupideces es bastante grave.” Por eso admiraba Él a Enric.

-Eh, ¿qué haces de pie, tío? – volvió a retumbar la voz en la oscuridad.

Entonces Él se sobresaltó. Había estado embobado, pensando en su héroe, en Barcelona y otros recuerdos, cuando decidió mirar hacia el lugar del que salía la voz. En la arena, los ojos de un perro negro brillaban inescrutables. A ambos lados, dos figuras extrañas lo acariciaban sentados en la arena.

-Estoy pensando – contestó Él.- Es un día especial.

Unos cubitos tintinearon mientras el perro jadeaba con la lengua afuera. “Tranquilo, no muerde”, le dijo uno de ellos mientras se sentaba a su lado. Ahora los tenía de frente. Por sus facciones y su acento parecían eslavos -sí, por el vodka también-, y con el perro negro, un perro que intimidaba como el perro de los Baskerville, conformaban una graciosa triada de personajes delirantes.

-Me llamo Sasha y soy de Vladivostok. Y él es Kandinsky – dijo el primero de los eslavos, señalando a Kandinsky mientras con la otra mano le daba a Él un vaso lleno hasta arriba de vodka. La cosa mejoraba por momentos y Él no sabía de qué extrañarse más: si de un tipo ebrio que aseguraba venir de la ciudad más remota de Rusia, o de un tipo que se llamaba igual que el famoso pintor de arte abstracto.

-¿Sabes por qué se llama Kandinsky? –  dijo Sasha balbuceando.- Porque cuando bebe nadie entiende lo que dice. Y siempre bebe.

Y allí se quedó Él, pegando tragos escépticos con muecas de asco mientras se preguntaba si el polonio sabría igual de mal que aquello. “Fue un tipo sabio, el que inventó la cerveza” se acordó que había dicho Platón, y entonces se dijo a sí mismo que sí, que había sido sabio, pero que qué había de ese otro tipo que había inventado el vodka, que alguien debía haberle hundido mucho la vida para querer vengarse así.

Pasaron unos segundos y ya nadie dijo nada. Luego, al cabo de cinco minutos, cuando el silencio clamaba a gritos bajarle el volumen, Él rompió el hielo:

-Sabéis, mis padres tuvieron a un ruso trabajando en su restaurante. Bueno, era de Chechenia. Se escapó de allí cuando la guerra, los bombardeos de Putin y…bueno, ya sabéis. Se llamaba Andréi. No sabía nada de español, apenas inglés, mi madre hacía malabares para entenderlo. Dejó a su mujer y sus hijas allí, en su país. Las intentó traer varias veces, pero no le dejaban. La burocracia, ya sabéis. Le pedían permisos. Entonces encontró la manera: tenía que casarse con una española para poder traerlas. Andréi conoció a la gestora que entonces ayudaba a mi padre. Ella le doblaba la edad, casi. Con el tiempo habían congeniado mucho. Finalmente se casaron. Por supuesto ambos lo hacían para poder traer a la familia de Andréi. Pero ella se enamoró, de eso no tengo ninguna duda y….

Los ladridos interrumpieron la historia. De repente el perro había salido corriendo hacia la lejanía.

-Pero…¿y el perro?

-No pasa nada, Stalin ha salido a cazar – dijo Sasha.

Un nombre acorde para un perro como aquél y unos dueños como aquellos, pensó Él. Cuando volvió la cabeza para continuar la historia, Kandinsky se desplomó en la arena y empezó a roncar. Así que continuó con esa y otras historias, con el temor o la inquietud o la indiferencia, o quién sabía qué a aquellas horas, de que el único de los oyentes de aquel auditorio abandonara la sala. Le habló de como las hijas de Andréi se reunieron por fin con su padre en España. De cómo la menor, Yulia, había sido su canguro, como la mayor, Elena, antes que ella, o como muchas otras antes que ambas. Le habló de cómo sus padres siempre habían estado trabajando, durante su infancia, y de cómo por casa habían pasado decenas de cuidadoras distintas. De cómo luego él, sin razón seguramente, habría utilizado aquello como argumento en mil y una peleas con sus padres. Le habló de cómo Andréi les había invitado a Él y a sus padres a comer pelmenien su casa, y de cómo seguramente aquél había sido el primer flechazo con el país.

Le contó como, más de diez años más tarde de todo aquello, Él había contactado con Daniel Utrilla, corresponsal de El Mundo en Moscú, para decirle cuánto lo admiraba:

-“Hola Daniel, te envío este mensaje por facebook, a riesgo de que acabe hundido en ese Lago Baikal que es la carpeta “Otros””.

Y de su inesperada respuesta:

-“Hola, esta mañana me dio por bañarme en las gélidas aguas del Baikal y encontré tu carta dentro de una botella de vodka.”

Pero le habló de más cosas: de cómo su tío, ya desde pequeño y con resuelta y obstinada determinación, se había empeñado en llevarle libros cada vez que lo visitaba, a pesar de que ninguno de ellos acababa nunca por gustarle a Él del todo. El “¿tiene muchas fotos?” pasó a ser sustituido a medida que crecía por el “qué libro más largo” y posteriormente por “¿otro libro de historia?”. Finalmente, y aunque Él no lo descubriría hasta más tarde, aquellos regalos nunca esperados habrían de convertirse en las pequeñas pistas que le marcarían el camino en el futuro. Su tío parecía haber entendido desde siempre la importancia de aquella frase de Bolaño, el escritor: “Resistid, queridos libros, atravesad los años como caballeros medievales y cuidad a mis hijos en los años venideros”.

Y le habló también a Sasha de la primera vez que había sabido que quería ser periodista, cuando mataron a Benazir Bhutto. La chispa se encendió por casualidad, como pasa con todas las cosas que luego adquieren importancia: la líder pakistaní modernizadora había sido asesinada a tiros y algunos culpaban a Al Qaeda mientras otros culpaban al presidente. Él no tenía ni idea de Pakistán, ni de Bhutto, ni de nada. Ni siquiera de que aquel día había comprado el ABC, y de que jamás volvería a hacerlo cuando tomara conciencia de qué representaba el ABC. Pero la historia, lo que entendió de ella, le gustó. Parecía una de esas escenas de espías que tanto había seguido de pequeño. Y al día siguiente volvió a comprar el ABC. Y el siguiente. Y el siguiente. Porque la historia seguía, y había que saber el final. Cosas de la fidelidad.

Y mientras la oscuridad clareaba cada vez más alrededor, ya hacia el amanecer, le habló de sus primeros días en la universidad: de la ilusión de las fiestas de película hechas realidad; de la emoción ante la vida nueva en aquellas moles de cemento armado a las que llamaban Residencia, pero en las que lo pasaron tan bien; de un italiano que le enseñó que había que comprar pasta marca Barilla, porque aunque te cueste el bolsillo, peor es que te cueste el estómago; y de cómo cantaban juntos la canción de Alexanderplatz, de Franco Battiato; le habló de un economista brillante adicto al café, y de otros compañeros que vendrían después; de una chica con rizos que hubiera conquistado a Bob Dylan tocando la guitarra, y de una chica morena que le enseñó a decidir y ser decidido; de un profesor subversivo, arrogante y polémico, un Jep Gambardella de la universidad con voz de haber conocido los placeres de la vida, pero al que respetaba más que a nadie en una universidad de gente falsa y aduladora; o de un profesor viajero y soñador, que parecía encarnar aquella frase de Oscar Wilde en la que recordaba que “un mapa del mundo que no muestre utopía, quizás no merezca la pena”; y de libros, y de viajes, y de alcohol, y de noches, muchas noches. Y más alcohol, y más noches.

-¿Y ahora qué? – contestó Sasha, rasgando el silencio.

Entonces Él miró a Sasha, que se balanceaba levemente, cosas del vodka, mientras los ronquidos de Kandinsky empezaban a hacerse cada vez más insoportables:

-¿Ahora alguien tendrá que buscar al perro, no? – dijo Él. O dije yo.