Retales

Chorros

Aquí en el jardín

del café

de la librería del Raval

entresuelo primera

Revolotean las palomas

Mientras el agua cae a borbotones

“¡Mira los chorros!”,

le dice al argentino el español

mirando a la fuente,

mientras el argentino se palpa

la cartera,

pues antes le ha contado al español,

que en la Argentina hay tanto ladrón

que hasta los ladrones se dividen

en categorías, según lo que afanan,

Precio, stock disponible, etcétera

Y a algunos de ellos y a veces a todos se les llama chorros.

-Aquí también roban -, dice el español.

-Acá?

-No, aquí -. Repite el español.

-Ah, acá -contesta el argentino .- Entonces acá como allá.

-Sí, exacto, allí como aquí.

-Justo, aunque el chorro es una cosa

muy nuestra.

Mientras el español le dice

que qué sé yo,

Un robo es un robo,

aquí y en cualquier parte,

-Puede, pero cuando lo precede a uno la fama, .-

dice el argentino,

es imposible zafarse.

Atardecer

Son las ocho,

los de siempre

sentados en el anfiteatro de rocas

de siempre

frente a la bahía de siempre

la pareja de jubilados belgas

de siempre

las canciones de Celia Cruz en el

chiringuito de siempre

El truco, sin embargo,

funciona, una vez más

como si en lo de siempre

se estuviera

como nunca.

Dieta mediterránea

Bombardeo de mierda de gaviotas

de fondo llega el olor

y luego el camarero

que grita:

-¡Pescaíto frito!

Sal en el plato,

en los pies y en los zapatos

la pelota cae en la bandeja

del pescaíto

y más allá

el moreno que le dispara un

chorro de crema,

a la rubia,

la mano que restriega,

y la carne que se frota,

ensalada mediterránea

por la boca.

Casualidades 

¿Si tiro una piedra

para darle a un cangrejo

pero la piedra choca,

y rebota,

y le da a un italiano

que hablaba mucho

(perdón por la redundancia)

y con la piedra se cae

de donde estaba

y se pega un porrazo

y se calla

casualidad,

el destino,

o mucho tino?

24.07.2021

Parece mentira, pero en diez años es el primer verano que paso en Barcelona. Después de lo que yo llamo El Gran Rodeo – esa serie de vericuetos, vueltas hacia ninguna parte y giros sobre mí mismo que he ido dando en los últimos años -, me paseo mirando los edificios como si dijeran más de lo que dicen, que es como se supone que los turistas observan las ciudades con las que se cruzan por primera vez, aunque el término turista se haya devaluado y el término ciudad ya ande en bancarrota.

Extraña sensación, calor abrasador y calles vacías. Cierto aire de estabilidad, que alguien podría llamar también estancamiento. No sé lo que se viene, mis últimos años han sido un atentado contra las reglas y la gramática del sentido común. Si la vida de algunas personas es un interrogante, la mía son tres interrogantes suspensivos, es decir, duda más suspense = éxito garantizado. Vuelvo una vez más a las frases subrayadas del maestro: “Nunca pasa nada. ¿Y qué podría pasar? Es como si hubiera estado todo el mes de julio bajo el agua. Sentado en el patio frente a una mesita baja, el sentimiento de siempre: las grandes luchas por venir.” Por lo pronto, nueva ciudad, nuevo piso, nuevo trabajo, y aleteando, como siempre, una página en blanco.

17.07.2021

Llego a la estación con el billete de bus comprado por internet. Había mirado mal la hora y resulta que el bus ya se ha ido. Le pregunto a la taquillera si me vale para el siguiente y me contesta que lo lamenta pero que el bus salió y yo llegué tarde, a lo que le contesto que no, que se equivoca, no llegué tarde, llegué puntual para la hora equivocada. Hay cuestiones que sí tienen vuelta de hoja señora (no le digo, sino que pienso), hay ocasiones en que sí hay otra vuelta de tuerca, y uno puede estar en lo cierto en base a una premisa falsa, del mismo modo que uno puede estar echando agua a las plantas del balcón cuando está regando sin querer al vecino del cuarto. Me pregunto cuántos equívocos se forman de este modo, cuantas correas de transmisión de malentendidos hay sin que nadie las mire y cuantas estallan por aplicar ideas establecidas, o peor aún, ideas preconcebidas, que es como tararear el estribillo de la música sin pensar la letra.

A Federico Williams

No creo en los numerólogos, pero el doble “20” de este año parece indicar una repetición, una insistencia, podría decirse que hasta un ensañamiento. Como si un Ramón García despechado con no presentar las campanadas hubiera vendido este año que se acaba como el que vende los boletos, diciendo “que Dios reparta suerte”, pero queriendo decir “que la trompada os la llevaréis todos”.

Este año me he acordado mucho de esa frase que le leí una vez a Antonio Lucas y que él le oyó a su vez a otra persona: cada vez que alguien conocido moría, éste se decía “caramba, parece que están disparando cerca”. Leyendo ahora El nervio óptico de María Gainza, me topo con otra que parece complementarla a la perfección: ‘somos cada vez menos / y no nos quedan municiones / pero ellos no lo saben’.

María Gainza se la atribuye a un tal Federico Williams, al que no he logrado identificar, con lo cual no acabo de estar seguro si es en realidad Gainza quien lo escribe hablando por persona interpuesta – María Federico Williams Gainza sería entonces la cita correcta, como el nombre de una Infanta – como cuando el Rey emérito actúa con testaferro.

No creo en esa gente que cita a otra porque no se atreve a decir las cosas por sí misma, y me hace gracia que alguien piense que yo hago lo mismo en este momento, porque tal vez esté en lo cierto. Tampoco creo en las frases lapidarias, y sin embargo, siempre que reviso ésta, ahí sigue, humeante aún, con ese giro final que lejos de ser lúgubre es incluso optimista, como un disparo luminoso y certero. Vivir así, como si estuviera uno rodeado, sin armas, sin saber a quién le darán o por dónde irán los tiros.

La guerra que ganan los Difusos

Si algo aprendí cuando estudié periodismo fue la concisión, la claridad, la brevedad. El apego al hecho, a lo ‘sucedido’, tal cosa ocurrió tal día cometida por tal persona del siguiente modo y por tal motivo. Pues bien, nada de eso parece servirme ahora que sigo con mis estudios en otra universidad. Va uno completamente convencido con esas ideas que he comentado antes y acaba siendo arrollado por el camino.

En la universidad se libra una guerra que he definido en los siguientes términos: están los Fácticos y están lo que yo llamo, con cierta sorna, los Difusos. Yo soy de los Fácticos. Es imposible pelear contra los Difusos. A la mínima que empieza el debate les lanza uno hechos, hechos y hechos, allá va una cifra histórica, allá va un artículo de diario, allá tira otro a matar con una lista de acontecimientos sabidos. No importa, no hay nada que hacer.

En cuanto entra uno en la discusión, los Difusos se agarran a lo que ellos llaman “teorías”, citan a un par de académicos, se parapetan tras un “marco teórico” y se descuelgan por una enmarañada montaña de explicaciones que nadie parece entender, levantando una polvareda. Al cabo de un rato, cuando ha acabado el debate y se le aclara a uno la visión, invariablemente los Fácticos pierden, los Difusos ganan y la profesora ha tomado partido; por ellos, claro.

Decálogo del escritor de Hemingway (editado en tiempos de Pandemia)

1-Permanece enamorado (pero desde la distancia, por favor: si es necesario Salvador Illa oficiará la boda)

2-Esfuérzate en escribir (siéntate en un sitio tranquilo relativamente aislado de los demás y piensa en escribir. ¿Fácil, verdad?)

3-Mézclate estrechamente con la vida (Ni se te ocurra mezclarte estrechamente con la vida)

4-Frecuenta a escritores consagrados (hazlo con precaución o se convertirán en escritores póstumos)

5-No pierdas el tiempo (pero ni si te ocurra vender tu alma a Amazon y a Jeff Bezos para no perder el tiempo)

6-Lee sin tregua (Repetimos: lee sin tregua)

7-Escucha música y mira pintura (no escuches a Omar Montes ni en pintura)

8-No intentes explicarte (llevas mascarilla, tampoco te entenderían)

9-Sigue el impulso de tu corazón (que a su vez debe seguir el impulso del BOE)

10-Calla. La palabra mata el instinto creador (Calla: a causa de los aerosoles, la palabra mata el instinto y mata al creador).

Que viene la Enriquez

Lo reconozco, soy un miedica. Mi larga lista de filias palidece en comparación con mi larga lista de miedos. Así de repente, pienso en el miedo a volar, el miedo al mar bravo, el miedo al mar abierto y el miedo al mar a tres metros de la orilla – lo cual me lleva a dudar sobre si lo que realmente me gusta no será el mar sino la arena, y ya puestos el desierto; el miedo a todo tipo de bichos: a las cucarachas, a los saltamontes y a las mariposas; el miedo a esa especie de oveja negra de la familia de las mariposas cuyo nombre nadie sabe pero que es igualmente aplastada por gente como yo en nombre de las mariposas a las que se parece (y que, se me ocurre ahora, no deja de ser como esas escenas en las que los sicarios liquidan al tipo equivocado solo porque comparte peluquero y tupé con la víctima).

Luego están los miedos raros, particulares. De pequeño le he tenido miedo a los moños, a las flores, a los tipos con boina y a un viejo del pueblo que vivía al final de un viejo callejón, en una casa bajísima y con una puerta tan baja, que una persona no paralizada por el miedo se hubiera preguntado más bien como lo hacía para entrar o salir de ella. En lo alto del mismo pueblo había un puñado de casas sueltas que se conocían como el Rincón, y un par de curvas más arriba y rumbo a la montaña – bendito sentido común – el Rincón Alto. Ahí vivía Fausto, el que hablaba con los muertos. Ése también me daba miedo.

Es jodido el miedo, es irracional, amorfo – todos los miedos el miedo, habría dicho Cortázar -, solo lo toleramos cuando no hay riesgo real, cuando alguien nos hace el favor de domesticarlo; por eso miramos películas de terror; por eso leemos cuentos como los de Mariana Enriquez, en los que el Petiso Orejudo, ese niño psicópata que existió de verdad, está encerrado en esa celda de cuatro esquinas que es el libro, mientras tensa una soga alrededor de un cuello que podría ser el nuestro. Y acabas el cuento y dices: qué bien escribe, qué miedo el Petiso. Y miras el reloj y cierras el libro y piensas: que viene el Petiso, qué miedo la Enriquez.

Wilhelms

“Durante mucho tiempo he creído ser atravesado por la duda, por una disyuntiva de vida entre el periodismo y la literatura. Tras intentar sin cesar la cuadratura del círculo he acabado siempre en el mismo sitio – “es lo que tienen los círculos, por otra parte”, me interrumpió Wilhelm, el muy prusiano, “los caminos de la geometría sí son escrutables”, y se rio. Como decía, finalmente he comprendido que en realidad ‘el periodismo’ no ha sido sino la excusa finalista en ese concurso de excusas que en realidad cubren la misma cara de la misma moneda; la cara bonita o el lavado de cara de esa empresa riesgosa, de esa acometida suicida y de ese extravío culpable que de verdad me interesa y es la literatura.”

(El anterior fragmento pertenece a un escritor catalán, acaso español, quizás íbero, probablemente europeo, vagamente chino, de hará casi 80 años. Escribió esto y ya no escribió nada más, hasta que escribió sobre planear escribir al cabo de 10 años. No pudo, murió de un infarto. “Tenía planes de escribir una novela”, aseguró Wilhelm, un amigo, al diario. “Yo le ayudaba a centrarse. Soy alemán, ¿sabe? Pero lo pilló por sorpresa, disyuntado”, dijo, “lo pilló dudando”).

Cuarentena, instrucciones de uso I

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Otra jornada más de confinamiento, las actividades que se repiten día tras día con ligeros cambios, pequeñas variaciones de la misma música – como la del gato al otro lado de la mampara que da al balcón y que suelta un chillido como de haber caído dentro de la tostadora, o tal vez sea el vecino tocando la guitarra como si estuviera metiendo al gato dentro de la tostadora; los niños gritones del vecino de al lado del vecino de al lado (no he tecleado doble, es donde viven); el tipo que te llama anunciándote un cambio de mentalidad, el descubrimiento del hombre nuevo, y todo porque habitualmente iba por la vida con tantas prisas que no había descubierto que tenía una alacena bajo la escalera; Ferreras, aterrador desde la tele, tan inclinado hacia adelante desde la mesa de su plató que parece salirse de ella, a punto de precipitarse desde lo alto del periodismo directamente hacia la mesita de casa.

Qué decir del tiempo libre, derramándose al abrir una puerta por los cuatro costados, y tan ilimitado que hay quien acaba utilizándolo para algo tan revolucionario como pensar. Un día, de tanto darle vueltas a la cabeza, a alguien incluso se le aparecerá una alacena bajo la escalera o una vieja guitarra desafinada. Si hay suerte, igual hay hasta quien le pase como a Lucas Pereyra en “La Uruguaya”, mientras mira las macetas de su nuevo hogar tras sus mil desastres a lo largo del Río de la Plata: “Tengo menta, albahaca, tomillo, romero y cilantro. Me gusta esta casa”.

En el Mar de los Buenos Propósitos

El 31 de diciembre es una de mis fechas favoritas del año. Me gusta por lo que tiene de truco de prestidigitación colectivo, mientras nos decimos a nosotros mismos que llega el final y que lo que ha sido, al día siguiente, será otra cosa, ya no será. De este modo, si se es atracador, no espera uno a enero – a quién se lo ocurre – sino que aprovecha el 31 para ir a una gasolinera y dar el golpe. Hay que ser todo lo malo que se pueda ser antes de ser todo lo bueno que uno se pueda prometer. En otro lugar del mundo, a la misma hora, un chaval uruguayo de 23 años prometerá no tener miedo y declarársele a Silvia de una vez. Tal vez no lo haga. Cada año, como en una gincana, la mayoría de gente cruzará al nuevo año con buenos propósitos, y la mayoría de gente se quedará por el camino. Es una escabechina. Muchos no abandonarán, e intentarán ser mejores al año siguiente. Creo que los llaman reincidentes

Acostumbrado a hacerme promesas e incumplirlas, me muevo como pez en el agua en ese salto colectivo al mar de los propósitos; sabiendo que habrán otros que se prometerán cosas que no podrán cumplir, que no es un salto al vacío porque es un mar con fondo y que, como decía Monterroso, bienaventurados somos todos aquellos que llegamos al fondo del todo porque a partir de allí solo se puede mejorar.

Tiene gracia que escojamos siempre una fecha concreta para ciertas cosas, lo que demuestra que después de todo somos animales de orden e incluso para ir a ese caos que es una guerra, los soldados se dirigen al frente al grito de “en formación”. En mi caso, no voy hacia el nuevo año como el que va a una guerra porque la gracia es no saber lo que encontrarás. “En el futuro está todo, porque todo es posible. Allí usted murió la semana pasada y allí está viviendo para siempre”, dijo Bioy Casares.

Bioy, que era un romántico, pero también un guasón, tenía una receta infalible para este tipo de ocasiones, como las promesas de fin de año, y para impedir desilusiones en el futuro. Como dice su personaje “el Fugitivo” en La invención de Morel: “No esperar de la vida, para no arriesgarla; darse por muerto, para no morir”. Pero entonces, cuando parece que la cosa pinta así de triste, y como el chaval uruguayo de 23 años, de repente cambia de opinión y suelta: “Ya no estoy muerto: estoy enamorado!”. El futuro es un mundo en el que hay de todo.