Lo inglés

Le comento a un compañero inglés que estuve toda la semana con el móvil roto. “Oh, sorry about that” me dice preocupado, como si hubiera sido él el que lo hubiera estampado contra la pared. Le digo que no hay problema, que intenté ir a la tienda de reparaciones que me recomendó la última vez, pero que por lo visto quedaba lejos. “Oh…sorry about that”, dice de nuevo. Le digo que no hay que preocuparse, al final me arreglaron la pantalla en otro sitio, y además a un precio excelente, aunque tuve que caminar una hora para llegar al lugar. “Oh I’m really sorry about that” repite compungido. Sorprendido por tanta educación y empatía, pienso que si Jesucristo hubiera acabado en manos de los ingleses, al final le hubieran dado la hoja de reclamaciones y hasta Pedro hubiera pedido perdón tres veces. De hecho, Jesucristo ya acabó una vez en manos de los ingleses y el resultado es La Vida de Brian.

Nada como viajar a un lugar dispuesto a ignorar los tópicos para acabar siendo arrollado por uno de ellos. De los ingleses, como de cualquier otro pueblo, se ha hablado hasta la saciedad: sobre su sentido de la educación o politeness, y sobre su aprecio constante por la contención. También sobre la figura del gentleman, pura creación burguesa, y su mejor síntesis. Por supuesto no todo el mundo en Londres viste y actúa como gentleman – con la excepción, quizás, de Pall Mall, la calle de clubes para señores (no de los que estás pensando).

En cuanto a la ecuanimidad inglesa, probablemente se deba al tiempo que pasan bajo la lluvia: no esa lluvia amenazante y convulsa, casi wagneriana, que se encuentra uno en Alemania, sino esa especie de vago intento de chirimiri que lo atempera a uno y lo relaja. Decía Camba que la culpa era del agua tibia que los ingleses utilizaban para ducharse, pero yo digo que es la lluvia la que sofoca todo tipo de incendios.

Como de costumbre, llega la morriña porque hoy también hay nube y llueve. Y aunque se alegra uno porque en cinco minutos siempre dejará de hacerlo, también es cierto que siempre volverá a llover tras los cinco siguientes, con lo que acabas el día con un sentido de la ponderación excelente y sosteniendo el paraguas como el que lleva una balanza invertida.

De los ingleses destacaba Ignacio Peyró el fair play y recordaba a Lord Tennyson, que elogiaba eso de que por aquí “cada uno pueda tener sus propias ideas sin que nadie le dé en la cabeza por ello”. Volviendo a casa, con el móvil moderadamente reparado en una mano, y la balanza invertida en la otra, me pregunto si todas esas virtudes seguirán teniendo vigencia hoy, cuando parece que el país se precipite por el abismo.

A mi lado, en la parada de bus, un señor mira en su móvil el debate sobre el Brexit, en el que Boris Johnson, en primera fila, intenta convencer a los parlamentarios para que voten a favor de su plan, mientras de fondo resuenan los gritos de “¡¡ORDEEEEEEEEER!!”. De repente, de una de las filas de detrás emerge Theresa May y pide la palabra, recordando que a primera hora del día un diario la sorprendía con el titular “Good Day for May”, para a continuación desvelar su decepción cuando descubrió que en realidad se referían a los goles marcados por el jugador de Rugby, Johnny May.

May continúa y asegura que contemplando el apasionado debate parlamentario no puede evitar “una sensación de déjà vu”, y entonces, Boris Johnson, que el año pasado lideró la oposición interna contra el plan de May, se gira y le grita “¡Sé como te sientes!”. Risas de los parlamentarios. Otro diputado le grita a May: “¡Rebélate!”. Bendita Inglaterra.

Carnation, Lily, Lily, Rose

De entre todas las cosas que le he leído a Enric González, creo que “Historias de Londres” es probablemente la mejor. Hojeo algunas páginas mientras voy en el metro, porque en la ciudad más conectada del mundo, el Wifi aún no conecta con el underground. “Hounslow, Osterley, Boston Manor, Northfields, South Ealing, Acton Town, Hammersmith…¡Qué hermosa sonoridad! Con nombres así, uno tiene ya medio hecha una novela de intriga y pasión”.

Vengo de los Jardines de Kensington, en uno de esos días londinenses en los que parece ser primavera, verano, otoño e invierno al mismo tiempo y el concepto “clima del día” no existe en el menú de la casa: los hay de todos y todos a la vez, escoja el que quiera, buffet libre.

Desde que leí el libro de Enric hará cinco años, siempre quise visitar algunos de los sitios que describía, y tenía especial interés por ver la famosa estatua de Peter Pan, el personaje del periodista y escritor James Matthew Barrie, una historia endulzada por Disney pero teñida de melancolía. En la obra teatral de 1904, basada en los cuentos, Peter Pan exclama: “¡Yo no quiero ser un hombre!” Yo quiero ser un niño y pasármelo bien. Así que me fui a Kensington Gardens y viví con las hadas durante mucho tiempo”.

Pero no vi a Peter Pan, ni a las hadas, ni a George, ni a Jack ni a Wendy, porque tras pasarme dos horas resiguiendo el Serpentine – el río artificial que recorre Hyde Park en dirección a Kensington Gardens – acabé tomando el camino equivocado y seguí a un grupo de turistas japoneses que daban vueltas al parque en círculo, llegando siempre al mismo sitio y sin encontrar nunca la salida. Justo en aquel momento recordé que el megáfono del metro de Barcelona emitía en japonés por alguna razón, y comprendí que el turista nipón será siempre, de entre todos, el que más cerca esté de Nunca Jamás.

Tras el fracaso de la empresa, sin embargo, decidí no abandonar y me dirigí a la Tate Britain en busca de algo parecido al lugar ansiado por Peter Pan, o mejor dicho, el lugar ansiado por el periodista Barrie tras la máscara de Peter Pan.

Aunque he visto el cuadro miles de veces, nunca había tenido delante el original. Se llama “Carnation, Lily, Lily, Rose“, de John Singer Sargent. Es un cuadro sencillo, aunque casi todos los cuadros lo son: en él, dos niñas vestidas de blanco sostienen lámparas chinas de color rojo en medio de un bosque plagado de lirios. Sargent se topó una vez con esas lámparas en una de las orillas, mientras navegaba el Támesis en bote, y nunca más pudo olvidarlas.

Viendo el cuadro ahora, caí en la cuenta de que en ese lugar de lirios blancos, esas niñas tampoco envejecerán nunca, que ese lugar es la infancia y que no hay espacio para los adultos porque tampoco lo hay para la infelicidad. Nadie lo resumió mejor que Nabokov: “Veo de nuevo mi escuela en Vyra, las rosas azules del papel pintado, la ventana abierta…Todo es como debería ser, nada cambiará nunca, nadie morirá nunca”. En definitiva, Nunca Jamás.

PD: Supongo que hay mil maneras de hablar de un cuadro, pero nunca he visto una tan emotiva como la de Ralph Fiennes en esa entrevista del vídeo de arriba. Fiennes es siempre un grande. Minuto 11:24-13:50.

 

 

 

 

Casi Londres: Prólogo

Estoy leyendo a Woody Allen en una entrevista con Borja Hermoso en la que habla sobre el fracaso, de no rehuirlo, de entregarse a él. Por momentos Allen parece poseído por el espíritu de los malditos, o qué carajo, por el espíritu de Pepe Sacristán, quien al ser preguntando hace poco por el asunto en el mismo diario, empezó la frase de la manera más elocuente de entre todas las posibles: “Vamos a morir todos”.

Pienso en esas frases cuando recuerdo que hace exactamente una semana me dirigía al aeropuerto dispuesto a tomar un vuelo a Londres, a donde llegaría sin piso, sin planes y sin trabajo. En realidad, lo mismo que me ocurrió en Alemania hará un par de años, pero sin libras. Poco después, el siempre horroroso trance de subirme a un avión, el retraso previo de hasta casi 4 horas como consecuencia de la gota fría, la desaparición del billete del trayecto Gatwick-Victoria Station como consecuencia de los nervios, y la pérdida – por incumplimiento de horario – del alojamiento de airbnb con el que había contactado para pasar la semana.

Esa misma noche, cuando tocaban ya casi las 2 de la madrugada, entraba en una pensión india de quién sabe qué nombre, situada en quién sabe qué callejón, arrastrando o siendo arrastrado por unas maletas por pasillos organizados en función de quién sabe qué organización y nivelados con tal desnivel que, cuando llegué a mi puerta y me aferré al pomo para no salir rodando, estuve a punto de volver atrás y preguntarle a la recepcionista si en efecto no habíamos llegado ya a la cordillera del Karakorum.

No lo hice, porque ello suponía volver atrás y cruzar las interminables puertas que dividían los pasillos, todas ellas marcadas con una señal de “Uso de emergencia en caso de incendios”, que me hizo pensar en el personaje de Barton Fink de los hermanos Coen, y en que más que un aviso aquello parecía una funesta premonición.

Lo que si hice, recordando a Sacristán y leyendo ahora a Allen, es volver a prometerme una vez más que a partir de ese momento escribiría con una cierta asiduidad sobre lo que me fuera ocurriendo, y que lo haría sin esconder nada, sin eludir el fracaso, como vengan viniendo las cosas, aunque sea en dirección contraria, por un paso a desnivel, en una pensión india y con riesgo de incendios.

Al fin y al cabo, siempre puede ser peor. Siempre puede haber un Brexit, y además sin acuerdo, un 31 de Octubre, en la noche de Halloween.

 

 

 

Rodrigo de Fresón, una historia argentina

diarios
Gael García Bernal en un fotograma de ‘Diarios de Motocicleta’

A veces vuelvo a la gran biografía del Che Guevara escrita por Jon Lee Anderson. Casi siempre a las cien primeras páginas, cuando el joven Guevara es solo un estudiante de medicina que viaja por el continente sudamericano sacando a bailar a la chica equivocada y descubriendo el socialismo en la mina de cobre de Chuquicamata. Con un poco de voluntad, como todo en la vida, los marxistas pueden ver su futuro en los surcos de minas y los chamanes leerlo en los posos del té.

Al contrario de lo que suele hacerse con las biografías, leo el libro como si fuera una novela de aventuras caribeñas, en la que la formación da paso a la comedia, la comedia a la acción, la acción al drama, y el drama finalmente a la muerte, tal vez anunciada, en la que el socialismo se impone al realismo mágico impidiendo la resurrección.

Leída así, como novela y no como biografía, la historia se vuelve literatura y las personas se ven convertidas en personajes. De todos ellos, siento simpatía por un secundario tan efímero como constante en sus apariciones. Se trata de Ricardo Rojo, un ocurrente abogado argentino al que Ernesto conoce durante sus viajes mochileros y con el que se irá cruzando por la Sudamérica indígena, por el México de los preparativos de Fidel, por la Guatemala de Jacobo Árbenz y hasta por la Cuba post Batista.

Rojo es el típico personaje que se deja ver en todas partes: tan pronto negociando entre Frondizi y Perón como enviando cartas encabezadas con un “Para el Francotirador”, o rememorando a su compañero caído con un libro titulado “Mi amigo el Che”. Si es cierto eso de que “el nombre es el destino”, Rojo lo persiguió hasta el final.

Ojo con Rojo. Su presencia es mínima en comparación con el número de páginas de la biografía. Lo que me gusta es su función en el libro, por el que desfilan ataques de asma, golpes de estado, incursiones en la selva, bombas, fusilamientos, trenes que descarrilan, viajes al Machu Pichu o el mismísimo mundo dividiéndose en dos bloques con amenaza nuclear. No importa, al final siempre aparece Rojo. A veces solo en una escasa línea o dos, por no estorbar – ahí están los gringos de nuevo – pero siempre vuelve.

Me hace gracia pensar que todos tenemos a alguien así, alguien a veces insignificante que se nos va apareciendo en los lugares más insospechados del mundo a pesar de las mudanzas, los divorcios, las muertes y las guerras mundiales, como si al final, el mundo no girase entorno a nosotros, sino que fuéramos nosotros los que girásemos entorno a esa persona. Alguien a quien no hubiese manera de quitarse de encima. Como el célebre capítulo en el que Walter White no puede deshacerse de la mosca cojonera – el nombre y el adjetivo suelen aparecer juntos tantas veces que en ocasiones creo que hasta existe un género de insecto llamado así, especialista en tocar los cojones (o los ovarios) y con una esperanza de vida menor a la media.

Con esa lógica, durante muchos años a algunos políticos del PP pudo parecerles que su partido no orbitaba entorno a Génova sino alrededor del Pequeño Nicolás. Asimismo, las Aventuras de Tintín tampoco giraban alrededor de Tintín, sino que el eje era Serafín Latón, el desvergonzado vendedor de seguros que se le aparece al protagonista hasta en los confines del mundo, como una china en el zapato.

En el mundo del famoseo, es curioso el caso de Luis Alegre. Luz Sánchez Mellado escribió un reportaje hace tiempo titulado “El amigo Alegre“. En él, trazaba la historia de un profesor bajito, aficionado a la copla, salido de un diminuto pueblo de Teruel y que aparecía en todas las salsas como amigo de todas las celebridades, desde Guardiola hasta Letizia, pasando por Ray Loriga a El Gran Wyoming. Preguntado por el asunto, Alegre concluyó: “No tengo adicción a los famosos. Mi única adicción es la amistad”.

El mundo de la literatura tampoco está a salvo de estos fenómenos. Pese a la cantidad de novela que hay por ahí, a veces tiene uno la sensación de que al final de la esquina, escriba quien escriba, aparece siempre Rodrigo Fresán. No es difícil encontrarse con el escritor argentino en presentaciones de libros, propios y ajenos, reuniones de escritores – parece ser amigo de todos – simposios, guateques, conferencias. Yo mismo no he dejado de toparme con él a lo largo de los años.

Cuando hice el trabajo de final de bachillerato sobre series de televisión, Fresán ya aparecía en los libros sobre cine que yo tenía que consultar. Desde entonces la cosa no ha parado. No hay documental, presentación, reseña, crítica, colección o película sobre la que no hable Fresán. ¿El medio es el mensaje? Fresán es el mensaje. En una ocasión me lo crucé por calle Mallorca. En otra, una noche en la que íbamos un gran amigo y yo por el Raval, se nos apareció de repente, acompañado del crítico Ignacio Echevarría, soltó un “¡Escuchá Ignacio!”, pues Ignacio iba por delante, y desapareció casi al instante, como un tren de carga que cruza por la estepa en mitad de la noche.

A Fresán no tengo el gusto de conocerlo, pero su presencia se ha vuelto tan habitual, que ya casi forma parte de mi mobiliario. Uno de esos objetos que solo llaman la atención cuando dejan de ocupar su sitio, el jarrón anodino que el gato arroja desde el quinto piso y al que solo lloras cuando llega el velorio.

A veces fantaseo con la idea de escribir una novela, en la que el gobierno argentino decide involucrarse en una conspiración junto a los servicios secretos porque un compatriota, conocido como Rodrigo de Fresón, “aparece demasiadas veces en demasiados sitios con demasiada gente”, hasta el punto de hacer peligrar la paz social “con un ego demasiado grande, incluso para ésta nuestra Argentina”.

De todos modos, ojalá siga ahí Fresán, pese a los cambios, pese a que un día me haga diseñador de moda, aunque se separen los Reyes, Sergio Ramos o a alguien le dé por darle al botón nuclear. Una vez, en uno de esos días inciertos de juventud, en los que nada es seguro ni la siguiente media hora parece garantizada, Guevara escribió: “Tal vez podamos escribir en una revista llamada Siete, tal vez dé una conferencia, y tal vez comamos mañana.” Como Daisy Buchanan cuando se pregunta en El Gran Gatsby qué hacer esta noche y los próximos 30 años, de vez en cuando está bien un mundo en el que no todo sea un tal vez, en el que queden certezas, en el que todo esté en el aire pero exista al menos un Fresán, un Latón, un Ricardo Rojo. Hay libros y vidas que solo se aguantan así, como sostenidas por una clavija invisible pero bien ajustada; siempre está y nunca se la echa en falta, pero si algún día cayera, todo se desmorona.

 

 

Por los cerros de Úbeda

andalucia
Fuente: Portal Andalucía

Ayanta Barilli, hablando de España en su última novela, Un mar violeta oscuro (Planeta): “Para mí eso era España, una tierra larguísima en que las alimañas andaban sueltas, los lechones se comían enteros, las casas olían a fritanga […]”. Se parece bastante a la España de mi infancia. En ella, el pueblo quedaba marginado entre inmensidades de olivos, formado por hileras de casas encaladas que se apretaban o se derramaban sobre la piedra caliente generando calles anárquicas, cuestas imposibles y callejones sin finalidad.

Sobre el pueblo se levantaba una sierra enorme que todo el mundo llamaba El Caballo, por la línea de riscos que trazaban su curva en forma de crin. Todo lo demás era sequedad, piedra, mata, arenilla, la ubiquidad incontestable de los olivares, paisajes que se extendían hasta los cerros de Úbeda. 

Ir a Úbeda era de hecho casi como ir a la civilización, aunque allí la civilización era el pringue del café con churros de la mañana frente al Mercado de Abastos, las cáscaras de langostinos en los suelos de los bares, los gritos del gentío, la visita tangencial a la plaza Vázquez de Molina o las compras cerca de los almacenes Biedma; el rito de un circuito de costumbres afianzado a lo largo de los años. Eso eran, como lo son siempre, los paisajes de la infancia: puro olor, puro ruido, puro hábito y pura orografía

Era pequeño y todas las personas se me antojaban raras o excepcionales. Recuerdo al Tío Fausto, el tío de mi abuela, al que íbamos a buscar a su casa de las afueras, para que viniera a la cena de navidad. Vestido de negro y con boina, se sentaba siempre en la punta de la mesa y se la pasaba mirando en silencio con sus pequeños ojos de payés listísimo, como Josep Pla.

Fausto hablaba poco o casi nunca, pero todo el mundo sabía lo que se contaba de él: que hablaba con los muertos y que estos siempre le decían quién se iba a morir. Todos los años alguien le preguntaba en broma sobre el asunto y Fausto sonreía callado, también en broma, hasta que un día el propio Fausto se murió.

Siempre que llegábamos al pueblo entrábamos en coche por la carretera de Quesada y dábamos una vuelta hasta el centro, controlados por el infalible sistema de vigilancia andaluz, sin duda milenario, de las personas que toman el fresco. 

Ese “ir a tomar el fresco”, consistía en sacar un par de sillas y sentarse delante de la puerta de casa. Era entonces cuando, siempre a eso de las cinco de la tarde, tres señoras ancianas, bajitas y encorvadas, que creo que eran hermanas, subían en fila india por la acera y pasaban por delante nuestro. La primera, sin levantar la vista del suelo, movía levemente la cabeza y decía “vayan con Dios”, la segunda se giraba un poco y decía “con Dios” y la tercera, creyendo que por ser la última tal vez incurría en alguna reiteración, apenas verbalizaba un “Dios” que parecía un suspiro de placer. 

La cosa no acababa ahí, porque al ascenso de las tres señoras, a las que habíamos bautizado las Tres Gracias, le seguía siempre el descenso por la misma acera una hora después; y entonces, las Tres Gracias, que bajaban en el mismo orden, repetían el proceso y el mismo saludo, como en un automatismo.

Creo que fue Christopher Hitchens quien contó en una ocasión que siendo él aún no muy conocido, se topó tres veces con Margaret Thatcher en una fiesta y que, cada una de las veces que alguien les presentaba, ésta se dirigía a él con un “Oh, encantado de conocerle” y estrechándole la mano, como si fuera la primera vez. Es con esos gestos con los que se sostiene un pueblo y una civilización.

Tenía el pueblo sus propios dejes y sus propios hábitos: cuando alguien llegaba de fuera se hablaba de él mencionando la palabra “forastero”, como si la pronunciara un alguacil que ve descabalgar a cowboys desconocidos en la plaza pública. En cuanto a mi, si alguna vez me topaba con alguna persona de mi edad, la pregunta no era nunca “¿Cómo te llamas?” sino “¿Tú de quién eres?”, el sheriff interrogando mientras se palpa la cartuchera, el parentesco como seña de identidad. 

Lejano Oeste o Lejano Sur, pasábamos las horas y los días jugando en las calles o entre los olivos y a veces incluso subíamos hasta El Caballo porque, como dijo una vez Orwell, “la imaginación, como algunos animales salvajes, no cría en cautividad”.

Esperando a Popov

Escucho por la tele los sesudos análisis de tertulianos sobre la posible vuelta o no de Puigdemont. Si sale elegido eurodiputado y – según él y su equipo jurídico – obtiene la inmunidad, asegura que volverá. No es la primera vez que lo promete y la verdad, no importa.

El expresident, como dijo una vez Berlusconi de Zapatero en rueda de prensa, se encuentra tocado por la mano de un santo, “como en estado de gracia“. Poco importa que prometa ahora para desdecirse después. O que en una de las reuniones previas a la declaración de independencia, trascendiera a prensa su deseo de no acabar convirtiéndose en lo que a todas luces ha acabado siendo: el presidente de la república imaginaria de Freedonia de los hermanos Marx. O que ni él ni sus consejeros moviera un dedo para materializar la república prometida, lo que en definitiva iguala a Santi Vila con el resto del personal. Poco importa, digo, porque el votante que le votó lo apoya igual.

Hay una cosa que define a Puigdemont y es que, siempre que encuentra una parada en el camino o la oportunidad de desviarse, huye hacia adelante. Cuando parece que no hay más carretera, Puigdemont sigue circulando, siempre en línea recta y a toda velocidad. Hay quien dice que la carretera se terminó el 30 de octubre de 2017 y desde entonces Puigdemont ha estado tanto tiempo conduciendo en el aire que ha alcanzado el don de la ingravidez. 

En cambio, todos los demás se toparon en plena conducción con la policía y tuvieron que frenar. Por la silla de los testigos y el banquillo de los acusados, esta semana han pasado desde empresarios a personal encargado de difusión publicitaria de la Generalitat. Gente que apoyó a Puigdemont pero también gente que, como el major Trapero, llegó a preparar la detención de Puigdemont.

Decía un viejo chiste soviético que tres tipos se acercan a una hoguera en el Gulag. Uno de ellos le pregunta al otro, “oye, y tú cómo has acabado aquí”, a lo que éste le contesta, “¿Yo? Por defender a Popov”. Se gira hacia el de enfrente y le pregunta “oye, y tú, ¿por qué estás aquí?”, y el otro contesta, “¿Yo? Por criticar a Popov.” Entonces ambos se giran hacia el tercero y le dicen “¿Y tú?” “¿Yo? Yo soy Popov.” Mientas tanto, al mando del volante, en línea recta y sin tocar tierra, sigue conduciendo Popov.

 

Con la venia

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Los jueces del Tribunal Supremo / Captura de La Vanguardia (Ballesteros /EFE)

En ocasiones no hay nada más adictivo y apasionante que la propia realidad. ¿Quién no se agarraba con fuerza al sofá mientras veía el ambiente del funesto Comité Federal del PSOE de 2016, al tiempo que llegaban rumores de gritos, llantos e insultos al exterior? ¿Quién no se palpó el cuello cuando oyó que Susana Díaz había hecho uso de su turno de palabra para gritar “¡Están matando al PSOE!” ante todos los demás?

Ahí está el juicio por el 1-O, otro ejemplo magnífico. Como las mejores telenovelas, el juicio tal vez no ofrezca muchos ingredientes, pero ante todo garantiza al espectador una cierta seguridad: la certeza de que la cosa va para largo, que ya puede ir usted a comprar al super de al lado, que el juez Varela, aunque con sueño, no se mueve de ahí; la perpetuidad de un elenco principal de personajes que salvo causa mayor o sobrevenida, dejarán de aparecer cuando deje de hacerlo la propia telenovela; y, finalmente, el apreciado y refinado arte de la discusión larga y acalorada, proclive al monólogo extenso y con presencia de uniformados, todo ello de exportación caribeña, no castrense sino castrista.

Como suele ocurrir en estos casos, cada espectador tiene sus escenas predilectas y sus personajes favoritos. Ahí está el abogado-púgil Xavier Melero, cuyas cejas parecen decirle al testigo “te voy a desollar” mientras sus ojos parecen precisar: “con arreglo a la ley”. A veces, como en todo culebrón, lo mejor de la trama son los secundarios, cuando no los personajes ocasionales: toda su intensidad suele concentrarse en unos pocos minutos.

Es el caso de Mariano Rajoy, que como suele ser habitual llegó al Supremo para meterse en la Sala y de paso en un lío. Rajoy ya tenía experiencia en estas lides, pues también había comparecido en el juicio Gürtel en calidad de testigo, o como reza el eufemismo marianista, como persona que a lo sumo pasaba por allí.

En aquella ocasión, al contestar a una pregunta con una evasiva que la acusación popular calificó de “gallega”, el de Pontevedra tiró de retranca asegurando que su respuesta era “gallega porque no podía hacerla riojana”. En ésta, a cada pregunta concreta echaba mano del agua y bebía un sorbo como el que bebe disolvente. Peor trago pasó Sáenz de Santamaría cuando, al llegar las preguntas de Melero, parecía que fuese a llevarse a la boca incluso el vaso vacío, como esa gente que no encontrando su sitio en una fiesta, se agarra a su vaso como agarrándose al mundo.

De entre el elenco de habituales destaca siempre Manuel Marchena, ese magistrado de humor finísimo, casi de porcelana, que de repente insta al abogado Pina a ahorrarse sus “comentarios irónicos”, para a continuación calificarlo de “excelente letrado” al que la Sala escucha “con sumo interés”.

Visualiza uno los minutos de cada capítulo con la certeza de que todo está destinado a repetirse: alguno de los abogados cometerá un nuevo desliz y Marchena estará ahí para advertirlo. Poco importa que la escena sea repetitiva y siempre incluya a los mismos personajes; uno va a la retransmisión de TV3 a presenciar como los abogados preguntan y cómo Marchena interrumpe, siempre protocolariamente y siempre por el mismo orden, del mismo modo que uno veía el Grand Prix para ver como corneaba la vaquilla, aunque siempre fuera desde la misma salida y con los mismos cuernos.

Desde su ilustrísimo sillón, Marchena parece a veces tan elevado y elíseo que cualquier comentario suyo, cualquier observación acerca de algo en lo que nadie había reparado antes, parece una tremenda obviedad. Como el Rey de Corazones en Alicia en el País de las Maravillas, al ser preguntado ante el jurado sobre cómo leer el documento probatorio, Marchena siempre parece contestar lo mismo: “Empieza por el principio y sigue hasta llegar al final; allí te paras“.