Esperando a Popov

Escucho por la tele los sesudos análisis de tertulianos sobre la posible vuelta o no de Puigdemont. Si sale elegido eurodiputado y – según él y su equipo jurídico – obtiene la inmunidad, asegura que volverá. No es la primera vez que lo promete y la verdad, no importa.

El expresident, como dijo una vez Berlusconi de Zapatero en rueda de prensa, se encuentra tocado por la mano de un santo, “como en estado de gracia“. Poco importa que prometa ahora para desdecirse después. O que en una de las reuniones previas a la declaración de independencia, trascendiera a prensa su deseo de no acabar convirtiéndose en lo que a todas luces ha acabado siendo: el presidente de la república imaginaria de Freedonia de los hermanos Marx. O que ni él ni sus consejeros moviera un dedo para materializar la república prometida, lo que en definitiva iguala a Santi Vila con el resto del personal. Poco importa, digo, porque el votante que le votó lo apoya igual.

Hay una cosa que define a Puigdemont y es que, siempre que encuentra una parada en el camino o la oportunidad de desviarse, huye hacia adelante. Cuando parece que no hay más carretera, Puigdemont sigue circulando, siempre en línea recta y a toda velocidad. Hay quien dice que la carretera se terminó el 30 de octubre de 2017 y desde entonces Puigdemont ha estado tanto tiempo conduciendo en el aire que ha alcanzado el don de la ingravidez. 

En cambio, todos los demás se toparon en plena conducción con la policía y tuvieron que frenar. Por la silla de los testigos y el banquillo de los acusados, esta semana han pasado desde empresarios a personal encargado de difusión publicitaria de la Generalitat. Gente que apoyó a Puigdemont pero también gente que, como el major Trapero, llegó a preparar la detención de Puigdemont.

Decía un viejo chiste soviético que tres tipos se acercan a una hoguera en el Gulag. Uno de ellos le pregunta al otro, “oye, y tú cómo has acabado aquí”, a lo que éste le contesta, “¿Yo? Por defender a Popov”. Se gira hacia el de enfrente y le pregunta “oye, y tú, ¿por qué estás aquí?”, y el otro contesta, “¿Yo? Por criticar a Popov.” Entonces ambos se giran hacia el tercero y le dicen “¿Y tú?” “¿Yo? Yo soy Popov.” Mientas tanto, al mando del volante, en línea recta y sin tocar tierra, sigue conduciendo Popov.

 

Con la venia

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Los jueces del Tribunal Supremo / Captura de La Vanguardia (Ballesteros /EFE)

En ocasiones no hay nada más adictivo y apasionante que la propia realidad. ¿Quién no se agarraba con fuerza al sofá mientras veía el ambiente del funesto Comité Federal del PSOE de 2016, al tiempo que llegaban rumores de gritos, llantos e insultos al exterior? ¿Quién no se palpó el cuello cuando oyó que Susana Díaz había hecho uso de su turno de palabra para gritar “¡Están matando al PSOE!” ante todos los demás?

Ahí está el juicio por el 1-O, otro ejemplo magnífico. Como las mejores telenovelas, el juicio tal vez no ofrezca muchos ingredientes, pero ante todo garantiza al espectador una cierta seguridad: la certeza de que la cosa va para largo, que ya puede ir usted a comprar al super de al lado, que el juez Varela, aunque con sueño, no se mueve de ahí; la perpetuidad de un elenco principal de personajes que salvo causa mayor o sobrevenida, dejarán de aparecer cuando deje de hacerlo la propia telenovela; y, finalmente, el apreciado y refinado arte de la discusión larga y acalorada, proclive al monólogo extenso y con presencia de uniformados, todo ello de exportación caribeña, no castrense sino castrista.

Como suele ocurrir en estos casos, cada espectador tiene sus escenas predilectas y sus personajes favoritos. Ahí está el abogado-púgil Xavier Melero, cuyas cejas parecen decirle al testigo “te voy a desollar” mientras sus ojos parecen precisar: “con arreglo a la ley”. A veces, como en todo culebrón, lo mejor de la trama son los secundarios, cuando no los personajes ocasionales: toda su intensidad suele concentrarse en unos pocos minutos.

Es el caso de Mariano Rajoy, que como suele ser habitual llegó al Supremo para meterse en la Sala y de paso en un lío. Rajoy ya tenía experiencia en estas lides, pues también había comparecido en el juicio Gürtel en calidad de testigo, o como reza el eufemismo marianista, como persona que a lo sumo pasaba por allí.

En aquella ocasión, al contestar a una pregunta con una evasiva que la acusación popular calificó de “gallega”, el de Pontevedra tiró de retranca asegurando que su respuesta era “gallega porque no podía hacerla riojana”. En ésta, a cada pregunta concreta echaba mano del agua y bebía un sorbo como el que bebe disolvente. Peor trago pasó Sáenz de Santamaría cuando, al llegar las preguntas de Melero, parecía que fuese a llevarse a la boca incluso el vaso vacío, como esa gente que no encontrando su sitio en una fiesta, se agarra a su vaso como agarrándose al mundo.

De entre el elenco de habituales destaca siempre Manuel Marchena, ese magistrado de humor finísimo, casi de porcelana, que de repente insta al abogado Pina a ahorrarse sus “comentarios irónicos”, para a continuación calificarlo de “excelente letrado” al que la Sala escucha “con sumo interés”.

Visualiza uno los minutos de cada capítulo con la certeza de que todo está destinado a repetirse: alguno de los abogados cometerá un nuevo desliz y Marchena estará ahí para advertirlo. Poco importa que la escena sea repetitiva y siempre incluya a los mismos personajes; uno va a la retransmisión de TV3 a presenciar como los abogados preguntan y cómo Marchena interrumpe, siempre protocolariamente y siempre por el mismo orden, del mismo modo que uno veía el Grand Prix para ver como corneaba la vaquilla, aunque siempre fuera desde la misma salida y con los mismos cuernos.

Desde su ilustrísimo sillón, Marchena parece a veces tan elevado y elíseo que cualquier comentario suyo, cualquier observación acerca de algo en lo que nadie había reparado antes, parece una tremenda obviedad. Como el Rey de Corazones en Alicia en el País de las Maravillas, al ser preguntado ante el jurado sobre cómo leer el documento probatorio, Marchena siempre parece contestar lo mismo: “Empieza por el principio y sigue hasta llegar al final; allí te paras“.

 

 

 

Todo está en los libros

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García Márquez con el peso de cien años de soledad en la cabeza (Colita)

Lanzo un par de miradas a la bolsita, sumergida como un batiscafo en misión submarina mientras queda amarrada de un hilo a la taza del té. Mientras espero a que se enfríe, hago lo que hago siempre para combatir las horas muertas de la medianoche: girarme hacia las estanterías y mirar los libros. Inmediatamente me doy cuenta de que mirarlos durante el tiempo suficiente produce el mismo efecto que mirar una dentadura sin todos los dientes: de repente, toda la atención deja de concentrarse en los que están para centrarse en los huecos, en los que faltan.

Pensar en los libros que no tengo es algo que siempre me produce un cierto desasosiego, una rara angustia por no comprarlos a tiempo, como si hubiera ahí afuera una hermandad dispuesta a encontrarlos antes, una de esas sociedades secretas con objetivos risibles de los cuentos de Borges.

Por ahí vuelan libres, pienso, algunos de Nabokov y algunos otros de Conrad, qué decir de ése de Goytisolo (¿cuál de los Goytisolo?), o de ése otro de Amis (¿cuál de los Amis?). Es ridículo pensar en una pronta desaparición de todos los libros hacinados en todas las librerías del mundo, en una descatalogación universal, y sin embargo, pareciera como si su disponibilidad pendiera de un hilo, amarrado a…¡ah! parece que ya no quema, allá va un sorbo.

Apuro la taza. Recuerdo una entrevista muy graciosa a Mario Conde en un programa de Intereconomía llamado “Seis mujeres sin piedad” (título poco cristiano para un programa de esa cadena, ¿cómo que sin piedad?). En ella, el ex banquero, reconvertido en gurú espiritual tras su paso por la cárcel advertía paternalmente a sus entrevistadoras sobre la importancia de aceptar la pérdida y no ser poseído por las cosas materiales. “No seas tus cosas”, recuerdo que le decía a una de las chicas con la convicción de un iluminado que hubiera salido de las aguas de Benarés. En cierto modo, no le faltaba razón. Pero los libros no son simplemente “cosas”, me digo ahora. Vuelvo a echar una mirada a las estanterías mientras reparo en aquella frase de Patti Smith en uno de esos momentos humanos de Mr Train: “Por favor, quedaos para siempre, les digo a las cosas que conozco. No os vayáis. No crezcáis”.

Me levanto, cojo un libro al azar. Abro From Paris to the Moon, el lúcido, a veces mordaz, a veces brillante compendio de artículos de Adam Gopnik, uno de los periodistas del New Yorker, en el que cuenta su etapa como corresponsal en París. Lo compré en una librería para expatriados de segunda mano (los libros, no los expatriados). Aunque el libro de Gopnik representa una pieza más en la larga cadena de libros autobiográficos sobre americanos snobs emigrados a Europa y sobre lo increíblemente horroroso que les parece todo en comparación con su tierra natal – “the shining city upon a Hill”, que diría Ronald Reagan –, la mirada americana de Gopnik, tipo culto y con sentido del humor, es el elemento clave que permite, por contraste, detectar las virtudes y las flaquezas de la sociedad francesa. Especialmente aguda es su definición sobre la sensación de los expatriados lejos del hogar, entre los que me encontraba yo en aquel momento:

            “Está la sensación de estar aparte y la sensación de ser un universo aparte […] Está también el conocimiento, a la vez extraño y reconfortante, de que pase lo que pase ahí afuera, tú no tienes ninguna opinión predeterminada sobre ello, de que has sufrido una especie de operación en el que se te ha modificado el instinto instantáneo de tomar partido. Cuando los políticos franceses debaten pienso, bueno, todos tienen en parte razón”.

Y algo después, cuando han transcurrido unos meses, algunos años incluso, cuando llegan los indicios de la integración,

            “[…] cuando te das cuenta de que en realidad no quieres permanecer tan despreocupado y Olímpico – o mejor, permanecer tan despreocupado y Olímpico lleva con ello, por tradición y precedente, el hábito de desear poder bajar ahí abajo, a la tierra, a tomar partido. Incluso los dioses, mirando divertidos hacia abajo desde lo alto del Olimpo, solían descender para tener sexo o aporrear a alguien”.

Sigo ojeando, cuando de repente una letra escrita con bolígrafo negro y en inglés se me aparece apostillando un párrafo en una esquina de la página. “¡Muy cierto!”, exclama la anotación, probablemente del anterior propietario, o del anterior propietario antes que él, en referencia a una reflexión de Gopnik sobre la alta cocina francesa. Dos páginas, tres páginas más, y de repente, mi predecesor cambia de tercio y parece ensañarse con otro párrafo. “¡IMPOSIBLE!”, escribe en un lateral, ahora subrayado y con mayúsculas, como queriendo dejar claro las múltiples posibilidades de la grafía como medio de expresión total.

Y de repente, un poco más abajo: “¡¡¡No podría estar más en desacuerdo, infórmese mejor!!!”, una muestra de efusividad inútil, como esos señores que se ponen a gritarle desde el sofá de casa a las personas que aparecen en televisión. En poco tiempo, el interés del libro se ve aumentado e intensificado por este nuevo personaje, un personaje ajeno a la historia, no conocido por el autor ni esperado por mi, pero que sin embargo se une al coro de voces que pueblan el libro, un viaje que ya ha dejado de ser de dos para ser de tres, un libro que parecía aburrido y ya no lo es. ¿Acababa ese lector reconciliándose con Gopnik? No lo recuerdo. Miro el reloj, ya dan las dos de la mañana, fascinante éste viaje a tres, viaje alucinado y nocturno, no consensuado, extrañas compañías en el silencio interminable de la noche.

Pedro Páramo

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Programa El Intermedio (La Sexta) / Captura de Vertele

“Pedro el Breve”, “el candidato robótico”, “la operación de marketing”, “un auténtico erial”. Menos guapo, quiero decir, menos feo, a Sánchez se le ha llamado de todo para tacharlo de la nada más absoluta. Hay ganas de atizarle a tiempo, se nota que hay prisa y es lógico: Pedro Sánchez ha muerto ya varias veces y no sabe uno cuándo puede volver a hacerlo.

Al fin y al cabo, sobreponerse a dos derrotas electorales, el peor resultado de la historia de su partido y un motín seguido por su descabezamiento como secretario general, es lo más parecido que puede haber en política a una resurrección. De hecho, Pedro Sánchez bien podría haber llamado su libro Pedro Páramo, en homenaje a la novela breve del mexicano Juan Rulfo: la historia de un hombre que pareciera que desaparece, la de un muerto que vuelve a la vida, o la de un vivo entre los muertos.

Desmentir al certificado de defunción política es un deporte habitual en el PSOE. Ahí está Alfonso Guerra, el hombre al que mantienen con vida en contra de su voluntad: “Yo entré en política porque quería hacer poesía y teatro y me lo prohibían. […] Me quise ir en 1977, y no me dejaron; me quise ir en 1982, y no me dejaron…” Pasó 37 años de diputado y ahí sigue de actualidad. Qué decir de Susana Díaz, que como el personaje homónimo de Rulfo confunde agonizar con respirar. Pobres muertos, que nunca encuentran la paz.

Otros socialistas, más doctos en el instinto oriental para la conservación de la vida y del poder, se han especializado en el don de la reencarnación. Es el caso de Felipe González, el hombre de la chaqueta de pana, el fumador de puros de Fidel Castro reconvertido en agente de negocios de Carlos Slim. Felipe también ha sido jarrón chino (su famosa frase sobre los expresidentes: “nadie sabe donde ponerlos…”) y hasta cuidador de bonsáis.

Tras su fugaz paso como consejero de Endesa, en 2013 se dejó ver en el sector del mentoring con En busca de respuestas, libro con el que resume sus principios con la célebre frase de Deng Xiaoping: no importa que el gato sea blanco o negro, lo que importa es que cace ratones. Felipe sabe de felinos: como el gato de Schrödinger, Felipe alega no estar en ésto de la política mientras parece estarlo y asegura pasar por Ferraz solo para echar una mano, quién sabe si al cuello.

En política, hasta la muerte definitiva parece estar de permiso. Si Mitterrand, flâneur de cementerios, inauguró su primera legislatura visitando las tumbas de Moulin y Jaurès en el Panteón, y enviaba anualmente una corona a la tumba de Pétain en l’Ile de Yeu, Sánchez quiere finalizar la suya de la mano de las de Azaña y Machado y hasta de la del general Franco.

Pedro Sánchez, que como Pedro Páramo sobrevivió al sorpasso uniéndose a los revolucionarios e invitándolos a comer a su casa, ve subir ahora la parca por la Media Luna y teme que si la cosa electoral se tuerce la puñalada se la den los suyos. “Es un rencor vivo”, dicen de él como del de Comala. Por si acaso, ha atado a un cadáver su voto y la suerte de su destino.

A través del espejo

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Se fue. Obama desapareció del escenario con la agilidad del bailarín o con el alivio del que logra saltar del barco antes de que éste se sumerga en lo profundo del mar. “Ahí la tienes, báilala”, le dijo quizás a Angela Merkel en la última llamada que realizó como presidente. La conversación telefónica tenía visos de bis a bis, con un Trump a punto de aporrear la puerta para recordar que no hay tiempo que perder. “Ahí tienes el peso del Mundo Libre, Angie. No olvides su fragilidad”.

Ironías de la historia, cuando hace unos años decidí que vendría aquí, Alemania no era refugio ni bastión mas que de sus bancos y de sus exportaciones. Lo sigue siendo. Pero los errores de Alemania contrastan ahora con el salto al vacío de muchos de sus convecinos. Mientras tanto, los atentados islamistas se multiplican, la clase media se desliza por los escalones, el frío ruso se recrudece y los refugiados se congelan a las puertas.

Atrás queda la imagen de una Alemania temible en la que Wolfgang Schäuble, el ministro de Finanzas, se paseaba en su silla de ruedas en busca de carne griega; como aquel despiadado jacobino también inválido, Georges Couthon, al que una vez le gritaron “¡Dadle un vaso de sangre, tiene sed!”, en una de las sesiones de la Convención Nacional. Ahora, en cambio, Alemania parece representar “algo” en una Europa que podría imprimir los próximos billetes con aquella célebre frase de Dante: “Vosotros, los que entráis, abandonad toda esperanza”.

Yo sigo sin perder la mía. Me despedí de mi familia hace una semana, cuando decidí volver a Berlín. Mi abuela volvió a murmurar “ten cuidado hijo”, o alguna variante de éso que se le dice a los nietos. Desconozco si se refería a los atentados o a mi futuro profesional. Al fin y al cabo, la palabra “periodismo” siempre se me había antojado volátil, especialmente en comparación con todas esas otras profesiones que ella solía mencionar. “¡Ah, éste es médico!” o “¡Los abogados, ésos sí se hacen ricos!”, había dicho alguna vez. Su humilde veneración por las profesiones consideradas como prestigiosas siempre me ha recordado a aquella escena de La Flecha del tiempo de Martin Amis, en la que una madre grita en la playa aquello de “¡Mi hijo, EL MÉDICO, se está ahogando!” mientras su hijo, en efecto, se hunde.

Pese a la incertidumbre, vuelvo a Berlín justo un año después. Eso hace que la vida, su trayectoria y sus avances, parezcan mucho más cuantificables de lo que en ocasiones nos gustaría aceptar. Compararse consigo mismo es, al fin y al cabo, el mejor modo de medir los progresos pero también los fracasos, y sabido es que no hay peor mirada que mirarse en el espejo.

Me recuerda, por ejemplo, a aquellas primeras semanas de febrero en las que caminaba sin rumbo fijo por Berlín. Había aterrizado con la ingenua seguridad del recién llegado que cree saber hablar alemán y puede ponerse a trabajar. En cierto modo, me movía de un sitio al otro como aquel George Orwell que, tras llegar a Barcelona en plena Guerra Civil con la sola ayuda de un diccionario, se defendía como podía de la metralla lingüística: “Yo sé manejar fusil. No sé manejar ametralladora. Quiero apprender ametralladora. ¿Quándo vamos apprender ametralladora?”. En mi caso, hasta la más mínima conversación se convertía en un callejón sin salida que ponía a prueba la paciencia de los demás. Una vez, uno de los cajeros de un supermercado soltó un soplido extenuado con tanto ímpetu, que las puertas automáticas del supermercado se abrieron – qué remedio – automáticamente. Salí por ellas con una sensación parecida a la que había tenido Vila-Matas de joven cuando, tras una temporada viviendo en París, y tras no entender nada de lo que le había contestado su interlocutor, se había dicho que éste debía de haberle hablado en “un francés superior“.

Escribo todo ésto desde Berlín, durante el primer día de Alemania como Último bastión del Mundo Libre. Consciente de la solemnidad y la gravedad del momento, salgo a comprar el pan esperando algún gesto o señal especial. Pero no ocurre nada. Al pagar el pan, la única diferencia reside en que lo entiendo todo y el alemán ya no parece hablarme en un alemán superior. Al volver a casa, abro el buzón y me encuentro con cartas relativas a burocracia y tributación, recordando a aquel pobre liberal que creyó que con lo de Mundo Libre también se estaban refiriendo a “libre de impuestos”.

Por lo demás, el día sigue igual de anodino y gris como un domingo por la tarde, y el enorme charco que se ve desde la ventana refleja el edificio como si fuera un espejo. Pienso en aquél que dijo que la forja del carácter tiene lugar los domingos por la tarde. Pienso en cuando llegué aquí, hace ya un año. Pienso en lo que está por venir e intento convencerme de que todos esos domingos de invierno, amontonados en el calendario uno tras otro, hicieron su parte.

Un chiste de tres

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“Un británico, un americano y un alemán se dan cita en el despacho de un rascacielos para discutir sobre el futuro del mundo…” 

Generalmente, esta es la ocasión en la que cualquier narrador habría interrumpido el relato para descartar que se trate de un hipotético chiste. Podría parecerlo, si no fuera porque las particularidades del caso desaconsejan cualquier tipo de rotundidad. La divulgación de dicho encuentro tuvo lugar ayer, un lunes de 2017 cualquiera. En realidad, un lunes catalogado, bajo el nombre de Blue Monday, como el día más triste del año por las agencias de publicidad. Nadie podrá alegar que no hizo méritos para ello.

En su primera entrevista a medios extranjeros, el magnate Donald Trump y, -léase con dudosa solemnidad – próximo presidente de los Estados Unidos de América, se reunió con el periodista del Times, Michael Gove, y con el actual director del diario alemán BILD, Kai Diekmann. Difícil imaginarse una entrevista, que por otra parte es un procedimiento habitual e inofensivo, compuesta por personajes más siniestros.

En una época en que la realidad no parece sustraerse a la publicidad, tampoco la información ha podido sustraerse a la posverdad. Como en un gesto simbólico para ilustrar el apocalipsis que se nos viene encima, tres de los personajes que más han hecho durante los últimos años por acabar con la credibilidad del periodismo y de una época, decidían encerrarse en un despacho y “discutir sobre el futuro del mundo”. Sin duda, un guión apasionante.

Gove, al que los servicios de seguridad de Trump debieron de registrar con más ahínco que a su homólogo alemán, por si las navajas (todavía escuece la cuchillada que le asestó a su amigo Boris Johnson cuando decidió presentarse a las primarias tories, algo que sorprendentemente hermana a Boris Johnson con Pedro Sánchez), fue también uno de los artífices de la campaña a favor del Brexit y de célebres frases de ésta que le valieron el sobrenombre de Michael “Don’t trust experts” Gove. Es decir: no hagan caso a esos economistas, láncense al Brexit, lo pasaremos bien.

Diekmann, por su parte, hizo fortuna en el todopoderoso BILD. Y es que, no hay que confiarse, tras las inocentes páginas de este tabloide que discute sobre Gran Hermano o los goles de Boateng, se encuentra el diario más vendido de Europa y una de las manos que reparten la baraja. Suyas son algunas de las campañas de descrédito más furibundas y vergonzantes de los últimos años, como aquella en la que, con un “Griegos, vended vuestras islas”, pretendía resolver la crisis económica europea. Pocas portadas -y pocas no fueron – han hecho menos por la unidad de Europa en su hora de mayor necesidad.

En cuanto a Trump…No hace falta decir mucho más.

“¿Qué tal está Angela Merkel?”, le soltó Trump a Diekmann nada más llegar, en una de esas preguntas ingenuas que parecen anunciar una funesta premonición. “Le iba bien hasta hoy”, podría haber contestado Diekmann, pero se desconoce lo que contestó. La entrevista discurrió, como era de esperar, entre titular y titular. Desprecios a la OTAN, indiferencia hacia Europa, mano dura…”Me gusta el orden”, recordó Trump frente a un escritorio que parecía haber sido arrasado por el Katrina. Hubo incluso metralla para la industria alemana del automóvil, a la que acusó de vender en EEUU sin producir allí mientras Chevrolet ni siquiera se vende en Alemania. De nada sirve que periodistas como Christoph von Marschall desmintieran ésos y otros muchos datos más tarde. El daño ya estaba hecho. Trump despertó la furia del vicecanciller alemán (“los EEUU tienen que hacer mejores coches”) y la desesperanza estoica de la canciller (“el futuro de Europa está en nuestras manos”).

“Un británico, un americano y un alemán se dan cita en el despacho de un rascacielos para discutir sobre el futuro del mundo…”. Podría parecer un chiste, y tal vez lo sea.

Adiós a todo eso, 2016

Había pensado en hacer una lista con cosas destacadas de este 2016, pero me temo que soy demasiado desorganizado y caótico como para improvisar una lista razonablemente ordenada. No es que no me gusten los números, que también, es que yo no les gusto a ellos. Lo acepto con deportividad y siempre recuerdo, no con rencor sino incluso con cierto orgullo, aquel día en que, tras preguntarle en voz alta y por cuarta vez a la profesora de matemáticas cómo podía ser que el coche A llegara 48 minutos más tarde que el coche B, me espetó: “Ay, mira Sergio, definitivamente creo que no lo entenderás. Pregunta a tu compañero”. A la semana siguiente, ya me habían bajado del grupo 3 al grupo 2. No hay que subestimar nunca la aplastante lógica de un profesor de matemáticas.

Tampoco ha sido, reconozcámoslo, un año fácil de resumir. Como decía el antiguo ser humano y ahora Premio Nobel, Bob Dylan, en una de mis canciones favoritas: “Something is happening here and you don’t know what it is, Mr. Jones”. Este confuso 2016, de hecho, tiene incluso una textura parecida a 2666, ese número ya por siempre asociado al mejor libro de Roberto Bolaño. Tampoco a Bolaño lo han dejado tranquilo. Su viuda y sus amigos y sus editores se han peleado día sí y día también con las hojas de la prensa como telón de fondo y la palabra como arma de esgrima. Seguramente le hubiera gustado a Bolaño, este combate de gladiadores literarios. No lo sé, nunca le conocí. Pero le echo mucho de menos. Supongo que alguien lo entenderá. Christopher Hitchens es otro que ha recibido lo suyo este 2016. Le han acusado de convertirse al cristianismo (¡a él, que fue un caballero del ateísmo durante toda su vida!). Basta haberle leído lo suficiente para saber que siempre dijo la verdad y recordar aquel momento en el que, cuando le dijeron que se pasara al cristianismo, ya a las puertas de la muerte, y renunciara al diablo, contestó: “No es momento de hacer enemigos”. A él también le echo de menos.

Acústicamente, este 2016 ha sonado parecido al año anterior. Hay letras de Santi Balmes que siguen persiguiéndome allá donde voy. Además, todavía sigo sin cogerle el gusto a eso de cantar en alemán. Por no hablar de hablar en alemán. Eso sí, Berlín ha sido más paciente conmigo de lo que lo que hubiera llegado a pensar. Y es cierto eso de que la ciudad es Historia (en mayúsculas, porque a diferencia de Cartago, Berlín aún ES): he visto como mujeres emocionadas dejaban un retrato del asesinado Boris Nemtsov frente a la embajada rusa, casi al lado de la puerta de Brandenburgo, como soldados irredentos que izan la bandera una vez más. He visto a Ai Weiwei invadir la Konzerthaus en homenaje a los refugiados, con el color naranja y el olor a sal de los miles de chalecos salvavidas que, en algunos casos, ni siquiera sirvieron para eso. También he visto arrollada por un camión hostil la misma caseta apacible que tres días antes servía los más inofensivos postres de Navidad.

Es cosa jodida esto del año nuevo. Es ese momento del año en el que durante unos pocos minutos siento una punzada – solo dura lo que dura, por eso es una punzada – que me recuerda todo lo que no he hecho, lo que he hecho pero he hecho mal o lo que, aunque me lo hubiera propuesto, jamás podría haber llegado a hacer. Afortunadamente, esa punzada no dura más de lo necesario. En mi caso, antes que sentir una especie de melancolía inútil, siempre recuerdo aquella frase que Soledad Villamil le suelta en ‘El secreto de sus ojos’ a Ricardo Darín: “Mi vida entera fue mirar hacia adelante…atrás, no es mi jurisdicción.”

No es mal propósito. Feliz año nuevo a todo eso.