Cuarentena, instrucciones de uso I

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Otra jornada más de confinamiento, las actividades que se repiten día tras día con ligeros cambios, pequeñas variaciones de la misma música – como la del gato al otro lado de la mampara que da al balcón y que suelta un chillido como de haber caído dentro de la tostadora, o tal vez sea el vecino tocando la guitarra como si estuviera metiendo al gato dentro de la tostadora; los niños gritones del vecino de al lado del vecino de al lado (no he tecleado doble, es donde viven); el tipo que te llama anunciándote un cambio de mentalidad, el descubrimiento del hombre nuevo, y todo porque habitualmente iba por la vida con tantas prisas que no había descubierto que tenía una alacena bajo la escalera; Ferreras, aterrador desde la tele, tan inclinado hacia adelante desde la mesa de su plató que parece salirse de ella, a punto de precipitarse desde lo alto del periodismo directamente hacia la mesita de casa.

Qué decir del tiempo libre, derramándose al abrir una puerta por los cuatro costados, y tan ilimitado que hay quien acaba utilizándolo para algo tan revolucionario como pensar. Un día, de tanto darle vueltas a la cabeza, a alguien incluso se le aparecerá una alacena bajo la escalera o una vieja guitarra desafinada. Si hay suerte, igual hay hasta quien le pase como a Lucas Pereyra en “La Uruguaya”, mientras mira las macetas de su nuevo hogar tras sus mil desastres a lo largo del Río de la Plata: “Tengo menta, albahaca, tomillo, romero y cilantro. Me gusta esta casa”.

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