Pedro Páramo

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Programa El Intermedio (La Sexta) / Captura de Vertele

“Pedro el Breve”, “el candidato robótico”, “la operación de marketing”, “un auténtico erial”. Menos guapo, quiero decir, menos feo, a Sánchez se le ha llamado de todo para tacharlo de la nada más absoluta. Hay ganas de atizarle a tiempo, se nota que hay prisa y es lógico: Pedro Sánchez ha muerto ya varias veces y no sabe uno cuándo puede volver a hacerlo.

Al fin y al cabo, sobreponerse a dos derrotas electorales, el peor resultado de la historia de su partido y un motín seguido por su descabezamiento como secretario general, es lo más parecido que puede haber en política a una resurrección. De hecho, Pedro Sánchez bien podría haber llamado su libro Pedro Páramo, en homenaje a la novela breve del mexicano Juan Rulfo: la historia de un hombre que pareciera que desaparece, la de un muerto que vuelve a la vida, o la de un vivo entre los muertos.

Desmentir al certificado de defunción política es un deporte habitual en el PSOE. Ahí está Alfonso Guerra, el hombre al que mantienen con vida en contra de su voluntad: “Yo entré en política porque quería hacer poesía y teatro y me lo prohibían. […] Me quise ir en 1977, y no me dejaron; me quise ir en 1982, y no me dejaron…” Pasó 37 años de diputado y ahí sigue de actualidad. Qué decir de Susana Díaz, que como el personaje homónimo de Rulfo confunde agonizar con respirar. Pobres muertos, que nunca encuentran la paz.

Otros socialistas, más doctos en el instinto oriental para la conservación de la vida y del poder, se han especializado en el don de la reencarnación. Es el caso de Felipe González, el hombre de la chaqueta de pana, el fumador de puros de Fidel Castro reconvertido en agente de negocios de Carlos Slim. Felipe también ha sido jarrón chino (su famosa frase sobre los expresidentes: “nadie sabe donde ponerlos…”) y hasta cuidador de bonsáis.

Tras su fugaz paso como consejero de Endesa, en 2013 se dejó ver en el sector del mentoring con En busca de respuestas, libro con el que resume sus principios con la célebre frase de Deng Xiaoping: no importa que el gato sea blanco o negro, lo que importa es que cace ratones. Felipe sabe de felinos: como el gato de Schrödinger, Felipe alega no estar en ésto de la política mientras parece estarlo y asegura pasar por Ferraz solo para echar una mano, quién sabe si al cuello.

En política, hasta la muerte definitiva parece estar de permiso. Si Mitterrand, flâneur de cementerios, inauguró su primera legislatura visitando las tumbas de Moulin y Jaurès en el Panteón, y enviaba anualmente una corona a la tumba de Pétain en l’Ile de Yeu, Sánchez quiere finalizar la suya de la mano de las de Azaña y Machado y hasta de la del general Franco.

Pedro Sánchez, que como Pedro Páramo sobrevivió al sorpasso uniéndose a los revolucionarios e invitándolos a comer a su casa, ve subir ahora la parca por la Media Luna y teme que si la cosa electoral se tuerce la puñalada se la den los suyos. “Es un rencor vivo”, dicen de él como del de Comala. Por si acaso, ha atado a un cadáver su voto y la suerte de su destino.