La guerra que ganan los Difusos

Si algo aprendí cuando estudié periodismo fue la concisión, la claridad, la brevedad. El apego al hecho, a lo ‘sucedido’, tal cosa ocurrió tal día cometida por tal persona del siguiente modo y por tal motivo. Pues bien, nada de eso parece servirme ahora que sigo con mis estudios en otra universidad. Va uno completamente convencido con esas ideas que he comentado antes y acaba siendo arrollado por el camino.

En la universidad se libra una guerra que he definido en los siguientes términos: están los Fácticos y están lo que yo llamo, con cierta sorna, los Difusos. Yo soy de los Fácticos. Es imposible pelear contra los Difusos. A la mínima que empieza el debate les lanza uno hechos, hechos y hechos, allá va una cifra histórica, allá va un artículo de diario, allá tira otro a matar con una lista de acontecimientos sabidos. No importa, no hay nada que hacer.

En cuanto entra uno en la discusión, los Difusos se agarran a lo que ellos llaman “teorías”, citan a un par de académicos, se parapetan tras un “marco teórico” y se descuelgan por una enmarañada montaña de explicaciones que nadie parece entender, levantando una polvareda. Al cabo de un rato, cuando ha acabado el debate y se le aclara a uno la visión, invariablemente los Fácticos pierden, los Difusos ganan y la profesora ha tomado partido; por ellos, claro.

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