Adiós a todo eso, 2016

Había pensado en hacer una lista con cosas destacadas de este 2016, pero me temo que soy demasiado desorganizado y caótico como para improvisar una lista razonablemente ordenada. No es que no me gusten los números, que también, es que yo no les gusto a ellos. Lo acepto con deportividad y siempre recuerdo, no con rencor sino incluso con cierto orgullo, aquel día en que, tras preguntarle en voz alta y por cuarta vez a la profesora de matemáticas cómo podía ser que el coche A llegara 48 minutos más tarde que el coche B, me espetó: “Ay, mira Sergio, definitivamente creo que no lo entenderás. Pregunta a tu compañero”. A la semana siguiente, ya me habían bajado del grupo 3 al grupo 2. No hay que subestimar nunca la aplastante lógica de un profesor de matemáticas.

Tampoco ha sido, reconozcámoslo, un año fácil de resumir. Como decía el antiguo ser humano y ahora Premio Nobel, Bob Dylan, en una de mis canciones favoritas: “Something is happening here and you don’t know what it is, Mr. Jones”. Este confuso 2016, de hecho, tiene incluso una textura parecida a 2666, ese número ya por siempre asociado al mejor libro de Roberto Bolaño. Tampoco a Bolaño lo han dejado tranquilo. Su viuda y sus amigos y sus editores se han peleado día sí y día también con las hojas de la prensa como telón de fondo y la palabra como arma de esgrima. Seguramente le hubiera gustado a Bolaño, este combate de gladiadores literarios. No lo sé, nunca le conocí. Pero le echo mucho de menos. Supongo que alguien lo entenderá. Christopher Hitchens es otro que ha recibido lo suyo este 2016. Le han acusado de convertirse al cristianismo (¡a él, que fue un caballero del ateísmo durante toda su vida!). Basta haberle leído lo suficiente para saber que siempre dijo la verdad y recordar aquel momento en el que, cuando le dijeron que se pasara al cristianismo, ya a las puertas de la muerte, y renunciara al diablo, contestó: “No es momento de hacer enemigos”. A él también le echo de menos.

Acústicamente, este 2016 ha sonado parecido al año anterior. Hay letras de Santi Balmes que siguen persiguiéndome allá donde voy. Además, todavía sigo sin cogerle el gusto a eso de cantar en alemán. Por no hablar de hablar en alemán. Eso sí, Berlín ha sido más paciente conmigo de lo que lo que hubiera llegado a pensar. Y es cierto eso de que la ciudad es Historia (en mayúsculas, porque a diferencia de Cartago, Berlín aún ES): he visto como mujeres emocionadas dejaban un retrato del asesinado Boris Nemtsov frente a la embajada rusa, casi al lado de la puerta de Brandenburgo, como soldados irredentos que izan la bandera una vez más. He visto a Ai Weiwei invadir la Konzerthaus en homenaje a los refugiados, con el color naranja y el olor a sal de los miles de chalecos salvavidas que, en algunos casos, ni siquiera sirvieron para eso. También he visto arrollada por un camión hostil la misma caseta apacible que tres días antes servía los más inofensivos postres de Navidad.

Es cosa jodida esto del año nuevo. Es ese momento del año en el que durante unos pocos minutos siento una punzada – solo dura lo que dura, por eso es una punzada – que me recuerda todo lo que no he hecho, lo que he hecho pero he hecho mal o lo que, aunque me lo hubiera propuesto, jamás podría haber llegado a hacer. Afortunadamente, esa punzada no dura más de lo necesario. En mi caso, antes que sentir una especie de melancolía inútil, siempre recuerdo aquella frase que Soledad Villamil le suelta en ‘El secreto de sus ojos’ a Ricardo Darín: “Mi vida entera fue mirar hacia adelante…atrás, no es mi jurisdicción.”

No es mal propósito. Feliz año nuevo a todo eso.
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Cuando muerde el hombre blanco

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Gene Hackman en ‘Unforgiven’.

“Hombre blanco hablar con lengua de serpiente”, dice una vieja canción de Javier Krahe y el hombre blanco habló, vaya si habló, el pasado martes por la noche. Lo hizo en grupo, soltando un mordisco contundente e inesperado, como las decenas de serpientes de la histórica escena de la BBC persiguiendo a la iguana que escapa por los pelos del cadalso. La mordida fue de realidad. El extravagante multimillonario al que nadie arrendaba las ganancias  – ni falta que hacía, es rico a rabiar – asestaba la mordida definitiva a un sistema mediático y político entregado al Dios de las encuestas y la endogamia. “¡Ah, joder! ¿Has notado eso, Joe? No veas como muerden los de Indiana”, parecía decir alguien mientas contemplaba los destrozos en la 5th Avenue. Nadie parecía creerse nada y casi podía oírse a Kurt Tucholsky, uno de los periodistas que murió en el exilio sueco tras la llegada de los nazis, cuando dijo que “noticias es lo que quieren los periódicos, noticias es lo que quieren todos ellos. La verdad no la quiere nadie”.

Ahora, en retrospectiva, se mezclan los análisis y las teorías, el Yoyalodijismo profesional y las curas de humildad. Como digo, hay donde escoger. Pero soy de la teoría, tan válida como cualquier otra, de que el hombre blanco no habla pársel. De que el hombre blanco que votó a Trump no es ni un asocial ni un freak. Es más, tal vez ni siquiera se parezca a Gene Hackman, custodiando el porche de su casa mientras le saca brillo a su revólver y espera al acecho a los apaches. Probablemente es solo un tipo muy jodido y desesperado, al que nadie ha escuchado durante décadas. Un tipo al que le dijeron que si hacía todo lo que tenía que hacer, todo iba a salir bien. Las puertas del sueño americano seguirían allí, entreabiertas en alguna parte de California, esperando para ofrecerle una oportunidad. Nadie le contó que esas puertas hace tiempo que chirrían. Michael Moore fue uno de los pocos en considerar que Trump podía e iba a ganar. Quizás porque viene de Flint, donde al hombre blanco lo habían echado masivamente de las fábricas. Quizás porque, aunque ahora es millonario, ha oído de cerca el ruido de las puertas oxidadas al cerrar.

No es el único lugar en el que ha hablado el hombre blanco. También lo hizo en Reino Unido y lo que es peor, podría volver a reincidir. “Tú en Indiana y yo en Sajonia”es una posible idea para un cartel promocional de AfD, la “nueva” derecha alemana. Antes de que cayera el muro – ironías de la historia, el muro cayó el mismo día que ha ganado Trump, que algo sabe de estas cosas – el canciller democristiano Helmut Kohl prometía que la fusión del sistema capitalista (la RFA) y del sistema comunista (la RDA) sería un éxito y lo ejemplificaba diciendo que pronto podrían verse “blühende Landschaften” (“paisajes florecientes”).

No hace falta decir que esa fusión, la reunificación alemana, fue un desastre: muchas empresas de la antigua RDA en la Alemania unificada cerraron y se fueron a la RFA, donde habían mejores condiciones. Se seguían los despidos y las desigualdades salariales que, aún a día de hoy, siguen sin solución. Que el gobierno de Zapatero hablara de signos de “brotes verdes” tras la crisis de 2007, demuestra que las cuestiones de jardinería no son solo una especialidad de la derecha. Ahora, los falsos jardineros han dado paso a los falsos profetas y el hombre blanco hablará con la lengua que le dejen.

 

Historia de dos cancilleres (2nda parte)

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Foto: Michael Gottschalk / Photothek.net

El Universo Merkel puede resultar un enigma endiablado. Mientras hay quien aún espera que la canciller irrumpa en la próxima cumbre con un saco lleno de dálmatas secuestrados – “es el villano que Europa se merece, pero no el que necesita”, se dice que le dijo Verstrynge a Iglesias con música de Hans Zimmer de fondo – no son pocos los refugiados que cruzaron los parajes de Macedonia o Hungría, sorteando guardias, matorrales y vallas, para llegar a Alemania, “pues allí somos bien recibidos“. Así es, la mujer que servía de tiro al blanco para el verbo furibundo de Syntagma en Atenas, era también la bondadosa filántropa que abría las fronteras con Hungría para acoger refugiados. ¿En el blanco? Ni en el negro. Ningún tiro parecía aproximarse a la política de la escala de grises.

En 2013, el periodista y escritor alemán Roger Willemsen decidió levar anclas y lanzarse a la resolución del misterio. ¿Quién es Merkel?, parecía rezar el lema grabado en su estandarte, como Percy Fawcett preguntándose dónde estaba la ciudad de Z, si es que estaba. Willemsen, que falleció este año, legó un libro valiosísimo – Das Hohe Haus – por su planteamiento: todo un año (2013) aposentado en la tribuna de invitados del Bundestag alemán. Tomando notas, observando gestos, recordando detalles. ¿Qué mejor manera que adentrarse en lo más profundo de la selva para conocer a las bestias? En una de las sesiones parlamentarias, Willemsen anotó: “[Merkel] habla con un estilo burocrático que evita los grandes gestos, la imagen llamativa, la metáfora acertada, la sorpresa retórica y la imagen verdadera […] También en esta forma de hablar se intuye un estilo político. Merkel genera anestesia política. Usa el cloroformo para adormecer al público”.

La imagen coincide con la de otro aventurero echado a la mar, Dirk Kurbjuweit. El periodista de Der Spiegel escogió el título Alternativlos (Sin alternativa) para su libro sobre el periodo Merkel en Alemania. Su tesis: Merkel juega siempre a adoptar el perfil bajo, a evitar la polémica, a transigir cuando la situación se le escapa al control (las protestas contra la energía nuclear tras Fukushima, el retraso de la edad de jubilación, etc). Una tesis que, de ser realidad, tiene como consecuencia una suerte de apaciguamiento de la población gracias a la imagen de estabilidad que Merkel transmite y una resignación fruto del TINA* (“There is no alternative“) que Merkel no duda en entonar en alemán.

“Nada a la derecha de la CDU” suele rezar un dicho político en Alemania. La CDU es la Unión Cristiana a la que pertenece Merkel y con ello suelo a referirse a que, como en el caso del PP, el partido debe acaparar tanto espectro de votos como sea posible para impedir el surgimiento de un competidor por el flanco derecho. Sin embargo, tras la benévola postura de Merkel en la crisis de refugiados y el gobierno de coalición de Merkel con los socialdemócratas, la derecha xenófoba de Alternativa por Alemania (AfD) ha irrumpido con fuerza por esa puerta reservada. Tanto es así que en el país no sólo se exige ya su dimisión sino que también se ha popularizado un nuevo lema caricaturizando el partido de la canciller: “Nada a la izquierda de la CDU”. La letanía dice ahora que, en el intento de comerle terreno a los socialdemócratas, Merkel se ha convertido en una de ellos, olvidando su zona originaria de juego.

“Mire, yo detesto a los comunistas, pero por lo menos tienen una teoría”, dijo Borges una vez. A Merkel, sin embargo, sigue sin conocérsele teoría alguna más allá de lo pragmático. Se sabe que ha virado a izquierda y derecha. Se sabe que actúa con dureza ante Grecia pero nunca hasta el punto de dejarla caer.Se sabe que aboga por la austeridad, pero se muestra dispuesta a incrementar el salario mínimo; que acoge a los refugiados pero que, si las encuestas empiezan a producir vértigo, tal vez se acoja a menos de los necesarios.

Si me preguntan, el sistema Merkel debería ser carne de Christopher Nolan. Nolan, experto en tratar temas tan románticos como el universo, los sueños o lo infinito (de nuevo Borges) – aunque siempre pasados por el filtro de lo racional y lo matemático – se antoja como el cineasta ideal para plasmar el resultado de esta complicada ecuación.

Tal vez la solución al enigma se encuentre, precisamente, en los números. Como recordaba Jonas Wollenhaupt en Le Bohemien, el leiv motiv de Merkel (doctorada en química cuántica) es el Imperio de lo Económico y lo Cuantificable. Siguiendo el tópico de la austera ama de casa suaba – tópico alemán tan habitual como el del pícaro español – 1+1 suman 2 y debiera procurarse que el resultado de la suma no se volviera negativo. La vida, como el balance a fin de mes, tiene que cuadrar. El problema para Merkel es que, a veces, las consecuencias de cuadrar la vida política son imprevisibles. ¿O acaso logró anticipar ella la aparición de la AfD mientras decidía acoger a millones de refugiados? ¿Al socorro de quién acude la ideología cuando no se tiene ninguna? El desenlace, próximamente en sus pantallas: hay elecciones en 2017.

*En una entrevista con Claudi Pérez (El País) el año pasado, Varoufakis propuso el TATIANA como alternativa al TINA: That Astonishingly There Is An Alternative. Quede constancia de ello.

Silencio, se tramita

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Tom Schilling en una escena de ‘Oh Boy’

El otro día descubrí un paquete en el buzón, convenientemente sellado y precintado. Al fin, tras meses de intercambios epistolares – no era un affair, a no ser que se considere a Vodafone como un sujeto digno de cortejo – llegaba la confirmación definitiva de que el wifi estaba finalmente a mi nombre, anclado a mi cuenta corriente y dispuesto a seguir emitiendo sigilosamente desde el pasillo.

El paquete, que contenía los documentos que formalizaban la relación entre los dos interesados, era el último heredero de una larga estirpe de cartas, sobres, precintos, paquetes y cajas que durante mucho tiempo habían desfilado por el servicio de correos berlinés hasta llegar al portal. Los trámites, los protocolos y los burócratas en Alemania, no son, parafraseando a Rajoy, “cosa menor”.

Todo empezó cuando uno de los compañeros tuvo que abandonar el piso y, con él, la titularidad del wifi. Así es, con su marcha mi compañero era degradado de su puesto, perdiendo el ilustre título de Regente del Servicio de Conexión a Internet, cargo honorífico y  sin dietas incluidas. Un honor que alguien tendría que ostentar en su lugar. Un dudoso honor, como no tardaría en descubrir. El protocolo exigió una primera toma de contacto entre la empresa y la parte contratante, así que nos dirigimos a nuestra tienda de confianza para presentar nuestros respetos y la formalización del traspaso de poderes. La cosa parecía simple:

-Buenos días, él se va, yo me quedo, doy mis datos, mi nombre, mi cuenta bancaria y los pagos se me cargan a mí a final de cada mes.

Creía que al estar en Alemania, país eficaz donde los haya, la cosa sería simple. Me equivoqué. “Precisamente por estar en Alemania”, me dijo Ekan, mi compañero, “te vas a joder”. Los protocolos y las formalidades son la segunda lengua más hablada en Alemania después del alemán. Con la primera me defiendo; con la segunda, a veces balbuceo, pero al menos ahora sé de su existencia. La negociación para que yo pudiera heredar el wifi – el resto de alemanes del piso se habían hecho convenientemente los suecos – parecía arrancar con menos brío que el juicio entre Feliciano y Alba Carrillo. Una cláusula en el contrato se convirtió en un obstáculo insalvable: según el contrato original del piso, un nuevo inquilino solo podría convertirse en titular en caso de “defunción del anterior”. En aquel momento miré a Ekan, que llevaba semanas con un catarro de narices, y recordé aquella vez en la que Mark Twain declaró, tras leer una necrológica a su nombre en un periódico, que la noticia le había parecido una exageración.

Finalmente, tras revisar el contrato y comprender que se trataba de un malentendido, logramos iniciar el trámite. Nadie contó entonces que El Trámite -en mayúsculas, como se le conoce en Alemania para darle entidad mitológica – incluiría entonces una nueva carta al domicilio para confirmar que éste había tenido lugar y evitar así mal entendidos, como que alguien que no fuera yo mismo hubiera ido al establecimiento con mi DNI, mi tarjeta de crédito y, lo que es aún más probable, mi cara. A ello le seguiría una carta de tamaño aún mayor que, al cabo de una semana y tal vez para despistar – otro juego de cartas en el que también se va de farol – solo incluía folletos publicitarios de la compañía.

El Trámite, o El Proceso (para hablar la lengua de Kafka), duraría unas cuantas semanas más. Durante éste, los británicos tendrían tiempo de despedirse a la francesa, un tipo xenófobo sustituiría al primer presidente afroamericano y, lo que solo puede ser obra de intervención divina, en España se pondrían de acuerdo para formar gobierno. Los burócratas, sin embargo, permanecerían invictos en sus puestos. Pese a que históricamente Europa había logrado deshacerse de los templarios, los cátaros y los husitas, este otro grupo, generalmente atildado con traje y corbata, logró sobrevivir incluso a la Alemania prusiana. Algunos, como se ha visto, están infiltrados en Vodafone o en el servicio de correos. Otro no disimulan su preeminencia en la administración.”La Burrocracia”, los definió Sánchez Dragó una vez.

El objetivo de los burócratas es evidente: dilatar el tiempo, retrasar los envíos, impedir las entregas. Los adeptos a la teoría de la conspiración no descartan que sea un grupo financiado por el Partido Liberal alemán, especie en peligro de extinción, para hacer implosionar al Sector Público desde dentro. Mientras tanto, campan a sus anchas y hablan en un dialecto complicado. Algunas de sus frases favoritas son, como decía Georges Mikes, “vamos a considerar”, “lo consideraremos favorablemente” o incluso el más osado “lo reconsideraremos”. En realidad, una forma educada y casi críptica de decir que te boicotearán.

Si Larra levantara la cabeza…se toparía con la Oficina de empadronamiento berlinés, solicitaría un número para pedir turno, sortearía los contratiempos – “vuelva usted mañana” -, permanecería atento ante el contador que ignora cualquier orden sensato y pasa del “13” al “576”, y del “1” al “28502”; y, si por lo que fuera, tras una espera interminable, lograra superar esos obstáculos y llegase al mostrador quejándose por la espera, los burócratas, disfrazados esta vez de respetables trabajadores públicos, le soltarían, como a Tintín tras llamar una vez más a la carnicería Sanzot, un simple y llano “No es aquí”.

Historia de dos cancilleres (1era parte)

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Foto: Michael Gottschalk / Photothek.net

 

Como casi cada día de la semana, acudo puntual a mi cita en la panadería francesa de la Reichenberger Strasse. Una bandera cubana ondea en el balcón de los vecinos del segundo piso, como un elemento kitsch clamando a gritos que Berlín aún pertenece al Movimiento. Pero Berlín ya no es kitsch, Berlín ya no es de nada. “La ciudad que nunca es”, suelen decir los guías turísticos. Una guerra europea, dos guerras mundiales y una brecha inmensa atravesándole la yugular, le prescribieron a la ciudad un horizonte de grúas y un futuro incierto.

Tan incierto que el anterior alcalde, Klaus Wowereit, galán socialdemócrata y fabricante de lemas de campaña – “Soy gay, y ya está bien así” o “Berlín es pobre pero sexy” – dimitió en 2014 al no cumplirse ni los plazos ni los costes de construcción del nuevo aeropuerto. No hubo tiempo para actos ni inauguraciones estrambóticas. Mientras tanto, a unos cuantos miles de kilómetros de allí, un tipo siniestro con gafas de sol inauguraba el primer aeropuerto fantasma del mundo, en Castellón, mientras le preguntaba a su nieta: “¿Te gusta el aeropuerto del abuelo?”. Nadie preguntó si funcionaba.

Pero no es la bandera ni Wowereit lo que llaman mi atención. Tras pedir un café y sentarme en una mesa de la terraza, el señor de la mesa de al lado abre el periódico, que digo abre, lo despliega y arrasa los cafés, los croissants y la tarta de moras de la señora de la mesa de enfrente como un tsunami informativo. Los periódicos alemanes no son cosa menor. El formato tabloide y el despliegue de página conlleva un movimiento incontrolable de placas tectónicas que incumbe a todos. El café y el cenicero trazan un movimiento de ajedrez en la mesa para dejar paso al periódico desplegado, y las clásicas letras góticas de la portada, imponentes como runas antiguas, hacen el resto en esta maniobra intimidatoria. Lo dijo una vez Cees Nooteboom, eterno candidato al Nobel de Literatura con permiso de Murakami: “Leo el FAZ (Frankfurter Allgemeinte Zeitung), cosa seria. Este país no se trata a sí mismo frívolamente. Una clara primera página, normalmente sin foto. Probablemente incluso yo tengo otro aspecto cuando lo leo”. No es un periódico, es un artefacto, y pobre del que se lo tome a broma.

Sorbo el café mientras intento anticipar, con cautela, un próximo despliegue de página. Es entonces cuando reparo en su mirada. La mirada fría, impenetrable, ajena a toda prospección humana de la sacrosanta canciller. El rostro de Angela Merkel parece devolver la mirada unos segundos hasta que una mano roza ligeramente su flequillo, desdobla su rostro, lo sumerge, desaparece y finalmente queda suplantado por una página de crucigramas.

El enigma Merkel. Emerge de nuevo, como tantas otras veces antes y después de llegar al país. Ya hace 4 años desde la primera vez que sentí curiosidad por esa mujer que se antoja inescrutable. La mujer de la que se sabe lo que hace, pero no se sabe en lo que cree. Incluso los periodistas que alguna vez la han acompañado en sus viajes a otros países o han compartido mesa y mantel con ella, como el reportero de Der Spiegel, Dirk Kurbjuweit, admiten sus limitaciones periodísticas a la hora de resolver la incógnita.

Únicamente otro político, Vladimir Putin, con quien Merkel mantiene una relación especial, parece sembrar las mismas dudas. Ya es conocido el momento en el que George W. Bush, tras conocerle, aseguró: “Le he mirado a los ojos y…he podido ver que tiene alma”. Putin, que estuvo destinado en Dresden como agente de la KGB antes de la caída del muro, aprendió alemán en la extinta RDA. Merkel, que estudió en la RDA cuando el país aún se encontraba en la órbita de la URSS, estudió ruso. La relación de los mandatarios y de sus respectivos países es una constante en el debate político nacional. Alemania necesita económicamente a Rusia, pese a las sanciones. Pero Putin, como Merkel en la crisis de refugiados, va por libre.

En un encuentro entre los mandatarios en 2007, Putin dejó entrar a la sala a su labrador negro, Koni. Merkel, que tenía fobia a los perros tras ser mordida por uno en 1995, pasó el mal trago de ver como el perro merodeaba alrededor, como esas viñetas de piratas en las que los escualos dejan entrever su presencia cerca de los que van a saltar desde la pasarela. Según cuenta George Packer en The New Yorker, Putin, quien supuestamente sabía de su fobia, comentó sobre el perro: “Estoy seguro de que se comportará”, a lo que Merkel, haciendo gala de un sentido del humor del que, como Rajoy, solo hace gala en las distancias cortas, contestó: “No come periodistas, después de todo”.

La Merkel cáustica, ingeniosa y espontánea es otra de las imágenes que parecen sustraerse al gran público y que solo se manifiestan en privado. Una pieza más del rompecabezas de una política que, de caras a la galería, se manifiesta como un burócrata indolente. La misma política que, tras desatar airadas protestas contra la austeridad en España o Grecia, abrió las puertas de par en par a refugiados y perseguidos, aun a costa de su mayor caída en popularidad, la soledad europea y el enfado de buena parte de su partido. Una contradicción andante. Un enigma.

Cuando ladraban los perros

Era octubre de 1933 y hacía ya unos cuantos meses desde aquella siniestra noche de mayo, en la que las asociaciones alemanas de estudiantes habían llevado a cabo la infame tarea de quemar libros ajenos bajo el lema “Acción contra el espíritu antialemán”. Las antorchas y estandartes nazis formaban ya tan parte del paisaje urbano como los tilos en la avenida berlinesa de Unter den Linden. Aquella misma noche, mientras crepitaban en decenas de plazas las hojas de los libros prohibidos, empezaba a cumplirse la célebre profecía del poeta Heinrich Heine, que en 1823 había escrito: “Esto es sólo un preludio. Allí dónde se quemen libros, acabarán quemándose personas”. Aunque en su mayoría la quema de libros fue observada con una mezcla de resignación, apatía y aceptación, también hubieron gestos valientes. El periodista y escritor bávaro Oskar María Graf escribió entonces un artículo titulado “¡Quemadme!” en el que preguntaba qué había hecho para merecer el deshonor de no encontrarse entre el selecto grupo de quemados. Sus deseos no tardarían en hacerse realidad.

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Por su parte, el escritor judío Stefan Zweig, que por aquél entonces se había mudado a Londres y seguía irradiando su característico optimismo, no parecía atisbar aún la intensidad de la sombra que se cernía sobre él. Al fin y al cabo, Zweig era Zweig, inseparable de su porte de burgués de entreguerras bajo los calmos días vieneses. Tuvo que ser su amigo, el también judío Joseph  Roth, perseverante borracho y mejor escritor (¿o era al revés?), quien le avisara de lo que se venía encima: “¿Aún no lo ve usted? La palabra ha muerto, los hombres ladran como perros.”

Fue al leer esta frase, incluida en la extensa correspondencia entre ambos y recopilada bajo el título Ser amigo mío es funesto (Acantilado), cuando algo  en mi cabeza enlazó esos acontecimientos con las imágenes que llevan viéndose en Alemania desde que llegué. Miles de manifestantes en las ciudades más importantes de Alemania, vociferando contra los refugiados, pidiendo la dimisión de Merkel y atacando duramente a la prensa (“¡Lügenpresse!”, que significa “prensa mentirosa”, es uno de los conceptos de moda entre los manifestantes). Todo ello, por supuesto, eclipsado siempre por el grito de guerra principal de todas las manifestaciones: “¡Nosotros somos el pueblo!”.

Cada vez que una parte del pueblo sale a la calle afirmando ser “el pueblo” (y en alemán suena mucho más acojonante que en español, doy fe de ello) es inevitable acordarse de aquella frase que asegura que si tienes que alardear de que eres algo, probablemente no lo seas. En cualquier caso, aparte de un más que probable complejo de inferioridad, la frase invita a curiosas reflexiones: si tú eres el pueblo, quizás te refieras a que alguien no lo es. Así que, ¿quién no es el pueblo? ¿Y cómo se llega a ser pueblo? ¿Es necesario recibir invitación? ¿Hay que reservar con tiempo?

La segunda coletilla digna de mención es especialmente frecuente en las entrevistas de manifestantes con reporteros: “Ah, y por supuesto quiero dejar claro que no soy racista”. Ahí está, la afirmación negro sobre blanco que sirve para despejar cualquier atisbo de duda ante el reportero o espectador. El personaje de Juego de TronosTyrion Lannister, asegura que todo lo que vaya antes de la palabra “pero” en una frase no importa realmente. En este caso, es justamente lo contrario. Todo lo que antecede a la fórmula importa, y mucho.

Mientras tanto, siguen registrándose incidentes de quema de asilos de refugiados en toda Alemania. En Berlín, un célebre graffiti con forma de mapa del país, situado cerca de la estación Görlitzer Bahnhof, lleva la cuenta de los lugares dónde han ocurrido este tipo de incidentes. La Gran Coalición, a su vez, tiene cada vez menos de “Gran”, como suele repetir Javier Aroca, y la relación de Merkel con sus aliados parece haber tocado suelo. En realidad, la situación recuerda a aquel frecuente chiste ruso que dice: “Hemos tocado suelo, pero se están oyendo golpes desde abajo”. Sea como sea, sigue cundiendo la idea de que Merkel se equivocó invitando a los refugiados a venir y que no debería presentarse a las elecciones del año que viene. No podría estar más de acuerdo. Pero no por esa razón.

Según el estudio del sociólogo Wilhelmer Heymer, “ante la amenaza de su nivel de vida, el 75% de los ciudadanos restringirían profundamente su solidaridad con los débiles”*. La situación refleja la trastienda del “milagro alemán” a la perfección, en el que los salarios de miseria entre la población conduce en ocasiones a la desesperación. Los jóvenes encadenan minijob tras minijob mientras gente con edad de la jubilación trabaja en los supermercados por miedo a no sobrevivir con la pensión. La misma situación a la que se aboca a España. Mientras todo siga así, la desigualdad y la precariedad laboral irán de la mano con la apatía ante el débil y el desprecio al “Otro”, buscando nuevos chivos expiatorios para manifestar sus problemas mientras se asegura, a gritos, “ser el pueblo” para hacer valer los derechos propios. Merkel debe irse, sí, pero no por el motivo equivocado.

*Las conclusiones del estudio académico están recogidas en el libro “Sabotage” del periodista de Der Spiegel, Jakob Augstein.