Silencio, se tramita

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Tom Schilling en una escena de ‘Oh Boy’

El otro día descubrí un paquete en el buzón, convenientemente sellado y precintado. Al fin, tras meses de intercambios epistolares – no era un affair, a no ser que se considere a Vodafone como un sujeto digno de cortejo – llegaba la confirmación definitiva de que el wifi estaba finalmente a mi nombre, anclado a mi cuenta corriente y dispuesto a seguir emitiendo sigilosamente desde el pasillo.

El paquete, que contenía los documentos que formalizaban la relación entre los dos interesados, era el último heredero de una larga estirpe de cartas, sobres, precintos, paquetes y cajas que durante mucho tiempo habían desfilado por el servicio de correos berlinés hasta llegar al portal. Los trámites, los protocolos y los burócratas en Alemania, no son, parafraseando a Rajoy, “cosa menor”.

Todo empezó cuando uno de los compañeros tuvo que abandonar el piso y, con él, la titularidad del wifi. Así es, con su marcha mi compañero era degradado de su puesto, perdiendo el ilustre título de Regente del Servicio de Conexión a Internet, cargo honorífico y  sin dietas incluidas. Un honor que alguien tendría que ostentar en su lugar. Un dudoso honor, como no tardaría en descubrir. El protocolo exigió una primera toma de contacto entre la empresa y la parte contratante, así que nos dirigimos a nuestra tienda de confianza para presentar nuestros respetos y la formalización del traspaso de poderes. La cosa parecía simple:

-Buenos días, él se va, yo me quedo, doy mis datos, mi nombre, mi cuenta bancaria y los pagos se me cargan a mí a final de cada mes.

Creía que al estar en Alemania, país eficaz donde los haya, la cosa sería simple. Me equivoqué. “Precisamente por estar en Alemania”, me dijo Ekan, mi compañero, “te vas a joder”. Los protocolos y las formalidades son la segunda lengua más hablada en Alemania después del alemán. Una cláusula en el contrato se convirtió entonces en un obstáculo insalvable: según el contrato original del piso, un nuevo inquilino solo podría convertirse en titular en caso de “defunción del anterior”. En aquel momento miré a Ekan, que llevaba semanas con un catarro de narices, y recordé aquella vez en la que Mark Twain declaró, tras leer una necrológica a su nombre en un periódico, que la noticia le había parecido una exageración.

Finalmente, tras revisar el contrato y comprender que se trataba de un malentendido, logramos iniciar el trámite. Nadie contó entonces que El Trámite -en mayúsculas, como se le conoce en Alemania para darle entidad mitológica – incluiría entonces una nueva carta al domicilio para confirmar que éste había tenido lugar y evitar así mal entendidos, como que alguien que no fuera yo mismo hubiera ido al establecimiento con mi DNI, mi tarjeta de crédito y, lo que es aún más probable, mi cara. A ello le seguiría una carta de tamaño aún mayor que, al cabo de una semana y tal vez para despistar – otro juego de cartas en el que también se va de farol – solo incluía folletos publicitarios de la compañía.

El Trámite, o El Proceso (para hablar la lengua de Kafka), duraría unas cuantas semanas más. Durante éste, los británicos tendrían tiempo de despedirse a la francesa, un tipo xenófobo sustituiría al primer presidente afroamericano y, lo que solo puede ser obra de intervención divina, en España se pondrían de acuerdo para formar gobierno. Los burócratas, sin embargo, permanecerían invictos en sus puestos. Pese a que históricamente Europa había logrado deshacerse de los templarios, los cátaros y los husitas, este otro grupo, generalmente atildado con traje y corbata, logró sobrevivir incluso a la Alemania prusiana. Algunos, como se ha visto, están infiltrados en Vodafone o en el servicio de correos. Otro no disimulan su preeminencia en la administración.”La Burrocracia”, los definió Sánchez Dragó una vez.

El objetivo de los burócratas es evidente: dilatar el tiempo, retrasar los envíos, impedir las entregas. Los adeptos a la teoría de la conspiración no descartan que sea un grupo financiado por el Partido Liberal alemán, especie en peligro de extinción, para hacer implosionar al Sector Público desde dentro. Mientras tanto, campan a sus anchas y hablan en un dialecto complicado. Algunas de sus frases favoritas son, como decía Georges Mikes, “vamos a considerar”, “lo consideraremos favorablemente” o incluso el más osado “lo reconsideraremos”. En realidad, una forma educada y casi críptica de decir que te boicotearán.

Si Larra levantara la cabeza…se toparía con la Oficina de empadronamiento berlinés, solicitaría un número para pedir turno, sortearía los contratiempos – “vuelva usted mañana” -, permanecería atento ante el contador que ignora cualquier orden sensato y pasa del “13” al “576”, y del “1” al “28502”; y, si por lo que fuera, tras una espera interminable, lograra superar esos obstáculos y llegase al mostrador quejándose por la espera, los burócratas, disfrazados esta vez de respetables trabajadores públicos, le soltarían, como a Tintín tras llamar una vez más a la carnicería Sanzot, un simple y llano “No es aquí”.

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