Roberto Bolaño, el escritor maldito

La literatura está plagada de fantasmas y leyendas.

Historias reales sobre libros y escritores que harían palidecer a las propias historias narradas en esos libros por esos mismos escritores. Siempre me ha fascinado eso, lo real, más que lo ficticio. Historias como la de Hemingway, que disfrutaba de su retiro en Cuba paladeando su trago de ron, hasta que un día decidió paladear el cañón de su escopeta. Bang!, y Hemingway no volvió a tragar más. O historias cómo la de John Kennedy Toole, incomprendido en vida, que intentó vender la novela que había escrito (La conjura de los necios), editorial tras editorial y rechazo tras rechazo. La novela finalmente se convertiría en un éxito editorial, sí, pero por empeño de la madre, pues el hijo ya habría muerto. Otros escritores son evasivos y expertos en maniobras de escapismo: triunfan y después desaparecen durante años, como Salinger; o viven en una austeridad rayana en la pobreza, como Cormac McCarthy.

Pero de todos esas historias, la que más me ha fascinado siempre ha sido la de Roberto Bolaño. Ese tipo, de voz sutilmente carrasposa, como de papel de lija, como si hablara desde el poso de nicotina y droga con la que coqueteó toda su vida. Llegué a Bolaño de casualidad, como el crío de La sombra del viento que da con la novela de Carax en el Cementerio de Libros Olvidados. Hará ya siete navidades, mi tío me tocó en el hombro y me dijo “Vamos a la Atlántida“. Lo miré como si de repente se le hubiera puesto cara de personaje de Julio Verne y debí de preguntarle algo como “¿Que qué?“. “A la Atlántida, la mejor librería de Granada y la mejor del mundo“, contestó.

Durante el trayecto a pie, mientras bajábamos por las callejuelas del histórico barrio del Albaicín, empecé a darle vueltas al nombre. “Atlántida, la isla mítica“. Qué raro eso de llamar a una librería con un nombre tan presuntuoso, acostumbrado a esa tradición muy andaluza y algo cutre de llamar a los locales con el apellido de los dueños. El propietario debía ser un amante de las causas perdidas, pensé entonces, de esos a los que les gusta desenterrar nombres olvidados. Durante el camino y bajo un pedazo de antigua muralla nos abordó una gitana pidiendo dinero y gritó algo que sonó a medio camino entre un reproche y una maldición. “De coña”, me dije, “lo que faltaba para encarar el viaje a la librería perdida“.

Pero la librería resultó no estar tan perdida, sino en el centro mismo de Granada; el propietario tampoco resultó ser ningún anticuario excéntrico con barba de Tolstói, y finalmente, “La Atlántida” tampoco resultó ser un homenaje a ninguna historia mitológica ni ninguna referencia velada a una librería laberíntica en la que pudiera uno perderse. “¿Que por qué Atlántida? Porque me lo recomendó un proveedor“, y el propietario zanjó de un plumazo cualquier ilusión de adolescente sobre el nombre o la historia del nombre.

Igual de prosaico fue aquel tipo cuando mi tío decidió preguntarle que qué le recomendaba al crío (si algo he aprendido en Andalucía es que aunque tengas 21 años van a seguir llamándote “crío“, “niño” o “zagal” sin que a nadie le importe nada lo que tengas que objetar). El tipo me miró, me escudriñó con la mirada, se fue, y al cabo de 5 minutos reapareció con una novela de fantasías para gente de mi edad. “Esto le gustará“. La cogí y hice amago de llevármela para no hacerle un feo, aunque no me entusiasmó. Me había llamado la atención otra cosa y me concedí una última oportunidad. En una mesita, en una esquina, había un tomo rojo voluminoso, gordo y compacto, de esos con los que te dejarían participar en una Intifada con billete preferente. “2666” se llamaba y lo había escrito un tal Bolaño, Roberto Bolaño. Contenía el número del diablo, el escritor me sonaba a chino, el color era rojo sangre y en la portada aparecía un tipo melenudo, sentado de espaldas en medio de un campo yermo e inerte. “Si comprar este libro no es lo más parecido a lanzarse a la aventura que habré hecho hoy, no sé que lo será”. Así que lo cogí, me planté ante mi tío y le dije: “éste“. “Si tú lo dices”, me dijo con la mirada y se lo entregó al propietario en la caja.

-¿Bolaño? De este libro no vas a leer ni diez páginas, es un libro complicado y ni siquiera es para gente de tu edad.

Con 14 años no te pones a discutir con un experto librero, por edad y por prudencia, así que miré a mi tío, que miró al librero, que volvió a mirarme a mi, que volví a mirar a mi tío, que pasó a mirarnos al librero y a mí intermitentemente, y en pleno cruce de miradas ya sin motivo concreto, el librero cogió el tomo, le dio la vuelta, debió mirar el precio y concluyó:

-¡Adjudicado! Niño, son 30€ y no dirás que no te lo advertí.

 

Salí con la sensación de haber comprado algo más que un libro: un reto. No solo porque el libro era enorme y el autor desconocido, o porque para leer la propia sinopsis ya había necesitado un diccionario, sino porque basta con que alguien te diga que no eres capaz de hacer algo para que quieras hacerlo. Aunque tenía razón. Lo empecé, lo intenté…pero lo dejé. Durante los siguientes días de Navidad ese libro siempre observaba desde cualquier rincón de la habitación como diciendo: te lo advirtieron, te dijeron que no, pero tú querías hacerte el gracioso y ahora aquí estoy, exiliado y compartiendo mesa con los turrones.  

Durante los próximos meses, años y navidades ese libro iría apareciendo recurrentemente, viajando conmigo, desde Andalucía a Cataluña y desde Cataluña a Andalucía, o en pequeños trayectos. A veces aparecía olvidado en la guantera del coche, o bajo una pila de ropa, o en el lavabo o en alguna esquina, como recordando: sigo aquí, ¿lo has meditado ya? 

Un día finalmente lo empecé, hará cosa de dos años. Leí las primeras 100 páginas de un tirón. Me conquistó. Pero llegó la inercia de las rutinas diarias y el libro volvió a pasar al olvido. Lo intenté recomenzar varias veces más. A veces llegaba a la página 100 de nuevo, otras veces llegué incluso a la 110, pero no más allá, como si hubiera un límite, o algo que se hubiera propuesto joder nuestra relación, al libro y a mi; como aquella entrevista en el New York Times, en la que el escritor John Irving aseguraba que Our mutual friend de Charles Dickens sería el último libro que leería en vida; 2666 también parecía querer ocupar ese lugar.

Dicen que cuanto menos se sepa de un escritor, mejor. Que conocer a la persona puede hacer que se derrumbe el mito. No con Bolaño. Hace un año me enteré de su historia. El chileno rozó la pobreza durante toda su vida. En México fundó un grupo de intelectuales rebeldes; lo bautizó “Infrarrealistas“, una especie de Club de Poetas Muertos. Se enfrentó al establishment. Vivió el Chile de la dictadura. Tras probar suerte allá, cruzó el Atlántico. Se instaló en Blanes. Vivió sin pena ni gloria. Coqueteó con sustancias, como todos los genios. Bebió mucho. Fumó más. Trabajó de camarero, de lavaplatos, de vigilante nocturno. Jugó a juegos de mesa con sus hijos. Descubrió que estaba enfermo. Fue a librerías a polemizar sobre libros; a videoclubs a polemizar sobre videos. Llamó a puertas de editoriales que nunca se abrieron. Pasó noches sombrías, en vela, escribiendo.

Y finalmente ocurrió: las grandes editoriales, Anagrama y Seix Barral, se fijaron en él. Corrió la voz, su fama aumentó, siguió escribiendo; la enfermedad que le destrozaba por dentro también aumentó.

Con la muerte acechando y esperando un trasplante de hígado que nunca llegó, acometió otra tarea, un último libro compuesto por partes, un total de cinco. Una obra colosal, con más de 1000 páginas. Se venderían separadas; los beneficios para su familia, su mujer y sus hijos; como un Walter White realizando un último esfuerzo para salvar a los suyos, tras él ya muerto; como un gesto heroico antes de morir, y casi llegó a tiempo. Dejó la novela inacabable, más que inacabada. Contra la voluntad de Bolaño, las publicaron juntas, en un solo libro.

Nació 2666.

Ya muerto, encabezó las listas de los más prestigiosos diarios internacionales. Fue elogiado por aquellos que lo ignoraron en vida. Se le llamó el nuevo mejor escritor en lengua hispana de toda una generación. Se convirtió en mito. A su novela se la llamó novela total. Fue (es) un éxito total.


Sigo sin haberla acabado. Y se acerca Navidad.

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