Estado de excepción

Ya están sueltos. Como una gota malaya, asistimos desde hace días al incesante goteo de puestas en libertad: lo más granado de la fauna criminal española, o vasca si se quiere. Es la consecuencia directa de la derogación de la doctrina Parot. Y sin embargo, la aplicación de la ley no parece haber sentado nada bien entre los defensores habituales de ese mantra del “Estado de Derecho”. Era la Doctrina Parot una medida justa, dicen. Y sin embargo, uno no puede evitar preguntarse si no han olvidado la diferencia entre justicia y legalidad.

Y uno no puede dejar de sorprenderse de cómo estos ilustres defensores de la ley han pervertido el Estado de Derecho: ilegalización de partidos, torturas, guerra sucia, ataques a la libertad de prensa como en el caso de los nunca suficientemente olvidados Egin o Egunkaria. Sí permanecieron, por el contrario, diarios que poco han hecho por la conciliación: erigidos en carteles de “SE BUSCA” y comandados por periodistas con complejo de sheriff, han olvidado que la ley debe hacer de tripas corazón. “La calle es mía”, parecen entonar, recordando a aquel gran prócer que jamás pudo ser excarcelado, pues jamás fue detenido, ni juzgado. Y es que lo llaman Estado de Derecho, pero es un Estado de Excepción.

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