¿Periodista?

Era noche cerrada. La playa se extendía como una llanura inmensa frente al mar, apenas punteada por el reflejo de un móvil lejano jugando como una luciérnaga en la oscuridad. Tipos dudosos deambulaban y se movían torpes y lentos, medio aletargados y rociados por alcohol. Parecían descarriadas ovejas sin destino u hogar. Más allá, en el horizonte, gritos y música, muchos gritos y música. “Allí lo celebran todo y aquí el apocalipsis parece como si acabara de pasar”, dijo Él, para sus adentros. Unos 300 metros separaban el fastuoso jolgorio de aquel panorama desolador. Y cuerpos, muchos cuerpos, los que no erguidos, tirados y acurrucados por el suelo, como si quisieran mantener a buen recaudo el alcohol que se acababan de tragar. Eran los restos de una ciudad que nunca duerme. Los restos de una ciudad en la que Él siempre había ido a la deriva y a la que ya empezaba a añorar.

-Eh, tú. ¿Por qué estás ahí de pie? – le gritó una voz ronca desde alguna parte de la oscuridad.

Él estaba, en efecto, de pie. Se había pasado media hora observando lo que parecía ser el mar. Meditando, mirando atrás, cuando pisó la ciudad por primera vez: recuerdos, personas, lugares, sorpresas. Y entonces recordó aquella frase de aquel hombre al que admiraba:

-Lo que más me gusta de una ciudad nueva es que ningún recuerdo me asalta en ninguna esquina.

Se llamaba Enric González, y era periodista. Las malas lenguas decían que su brillantez sólo estaba a la altura de su pereza, que era inmensa. Cuando escribía, Enric lo hacía con una ironía punzante y demoledora, que aderezaba con pizcas de cultura recolectadas a lo largo de toda su vida. Pero no lo admiraba sólo por eso. Lo que le gustaba de Enric era que había sido valiente. En pleno huracán de la crisis económica, los periodistas eran despedidos o relegados a condiciones de miseria. En una ocasión, Enric escribió: “No quiero ponerme en lo peor, pero cualquier día, en cualquier empresa, van a rebajar el sueldo a los obreros para financiar la ludopatía bursátil de sus dueños”. No se refería a cualquier empresa, ni a cualquier dueño. Un día, los directivos de EL PAÍS llamaron a Enric. Le dijeron lo que al detective McNulty en la serie The Wire:

-¿A qué lugar no te gustaría ir?

Acabó en Jerusalén, como corresponsal. No era un exilio siberiano, cierto, pero para un tipo acostumbrado a dar su opinión, aquello fue lo más parecido a una represalia por rebeldía. Lo que sigue es conocido: Enric acabaría abandonando, por voluntad propia, la empresa, azotada como estaba por uno de los EREs más duros del mundo periodístico. “Que yo deje un empleo carece de interés. Que más de diez docenas de periodistas sean despedidos de un periódico que baña en oro a sus directivos y derrocha el dinero en estupideces es bastante grave.” Por eso admiraba Él a Enric.

-Eh, ¿qué haces de pie, tío? – volvió a retumbar la voz en la oscuridad.

Entonces Él se sobresaltó. Había estado embobado, pensando en su héroe, en Barcelona y otros recuerdos, cuando decidió mirar hacia el lugar del que salía la voz. En la arena, los ojos de un perro negro brillaban inescrutables. A ambos lados, dos figuras extrañas lo acariciaban sentados en la arena.

-Estoy pensando – contestó Él.- Es un día especial.

Unos cubitos tintinearon mientras el perro jadeaba con la lengua afuera. “Tranquilo, no muerde”, le dijo uno de ellos mientras se sentaba a su lado. Ahora los tenía de frente. Por sus facciones y su acento parecían eslavos -sí, por el vodka también-, y con el perro negro, un perro que intimidaba como el perro de los Baskerville, conformaban una graciosa triada de personajes delirantes.

-Me llamo Sasha y soy de Vladivostok. Y él es Kandinsky – dijo el primero de los eslavos, señalando a Kandinsky mientras con la otra mano le daba a Él un vaso lleno hasta arriba de vodka. La cosa mejoraba por momentos y Él no sabía de qué extrañarse más: si de un tipo ebrio que aseguraba venir de la ciudad más remota de Rusia, o de un tipo que se llamaba igual que el famoso pintor de arte abstracto.

-¿Sabes por qué se llama Kandinsky? –  dijo Sasha balbuceando.- Porque cuando bebe nadie entiende lo que dice. Y siempre bebe.

Y allí se quedó Él, pegando tragos escépticos con muecas de asco mientras se preguntaba si el polonio sabría igual de mal que aquello. “Fue un tipo sabio, el que inventó la cerveza” se acordó que había dicho Platón, y entonces se dijo a sí mismo que sí, que había sido sabio, pero que qué había de ese otro tipo que había inventado el vodka, que alguien debía haberle hundido mucho la vida para querer vengarse así.

Pasaron unos segundos y ya nadie dijo nada. Luego, al cabo de cinco minutos, cuando el silencio clamaba a gritos bajarle el volumen, Él rompió el hielo:

-Sabéis, mis padres tuvieron a un ruso trabajando en su restaurante. Bueno, era de Chechenia. Se escapó de allí cuando la guerra, los bombardeos de Putin y…bueno, ya sabéis. Se llamaba Andréi. No sabía nada de español, apenas inglés, mi madre hacía malabares para entenderlo. Dejó a su mujer y sus hijas allí, en su país. Las intentó traer varias veces, pero no le dejaban. La burocracia, ya sabéis. Le pedían permisos. Entonces encontró la manera: tenía que casarse con una española para poder traerlas. Andréi conoció a la gestora que entonces ayudaba a mi padre. Ella le doblaba la edad, casi. Con el tiempo habían congeniado mucho. Finalmente se casaron. Por supuesto ambos lo hacían para poder traer a la familia de Andréi. Pero ella se enamoró, de eso no tengo ninguna duda y….

Los ladridos interrumpieron la historia. De repente el perro había salido corriendo hacia la lejanía.

-Pero…¿y el perro?

-No pasa nada, Stalin ha salido a cazar – dijo Sasha.

Un nombre acorde para un perro como aquél y unos dueños como aquellos, pensó Él. Cuando volvió la cabeza para continuar la historia, Kandinsky se desplomó en la arena y empezó a roncar. Así que continuó con esa y otras historias, con el temor o la inquietud o la indiferencia, o quién sabía qué a aquellas horas, de que el único de los oyentes de aquel auditorio abandonara la sala. Le habló de como las hijas de Andréi se reunieron por fin con su padre en España. De cómo la menor, Yulia, había sido su canguro, como la mayor, Elena, antes que ella, o como muchas otras antes que ambas. Le habló de cómo sus padres siempre habían estado trabajando, durante su infancia, y de cómo por casa habían pasado decenas de cuidadoras distintas. De cómo luego él, sin razón seguramente, habría utilizado aquello como argumento en mil y una peleas con sus padres. Le habló de cómo Andréi les había invitado a Él y a sus padres a comer pelmenien su casa, y de cómo seguramente aquél había sido el primer flechazo con el país.

Le contó como, más de diez años más tarde de todo aquello, Él había contactado con Daniel Utrilla, corresponsal de El Mundo en Moscú, para decirle cuánto lo admiraba:

-“Hola Daniel, te envío este mensaje por facebook, a riesgo de que acabe hundido en ese Lago Baikal que es la carpeta “Otros””.

Y de su inesperada respuesta:

-“Hola, esta mañana me dio por bañarme en las gélidas aguas del Baikal y encontré tu carta dentro de una botella de vodka.”

Pero le habló de más cosas: de cómo su tío, ya desde pequeño y con resuelta y obstinada determinación, se había empeñado en llevarle libros cada vez que lo visitaba, a pesar de que ninguno de ellos acababa nunca por gustarle a Él del todo. El “¿tiene muchas fotos?” pasó a ser sustituido a medida que crecía por el “qué libro más largo” y posteriormente por “¿otro libro de historia?”. Finalmente, y aunque Él no lo descubriría hasta más tarde, aquellos regalos nunca esperados habrían de convertirse en las pequeñas pistas que le marcarían el camino en el futuro. Su tío parecía haber entendido desde siempre la importancia de aquella frase de Bolaño, el escritor: “Resistid, queridos libros, atravesad los años como caballeros medievales y cuidad a mis hijos en los años venideros”.

Y le habló también a Sasha de la primera vez que había sabido que quería ser periodista, cuando mataron a Benazir Bhutto. La chispa se encendió por casualidad, como pasa con todas las cosas que luego adquieren importancia: la líder pakistaní modernizadora había sido asesinada a tiros y algunos culpaban a Al Qaeda mientras otros culpaban al presidente. Él no tenía ni idea de Pakistán, ni de Bhutto, ni de nada. Ni siquiera de que aquel día había comprado el ABC, y de que jamás volvería a hacerlo cuando tomara conciencia de qué representaba el ABC. Pero la historia, lo que entendió de ella, le gustó. Parecía una de esas escenas de espías que tanto había seguido de pequeño. Y al día siguiente volvió a comprar el ABC. Y el siguiente. Y el siguiente. Porque la historia seguía, y había que saber el final. Cosas de la fidelidad.

Y mientras la oscuridad clareaba cada vez más alrededor, ya hacia el amanecer, le habló de sus primeros días en la universidad: de la ilusión de las fiestas de película hechas realidad; de la emoción ante la vida nueva en aquellas moles de cemento armado a las que llamaban Residencia, pero en las que lo pasaron tan bien; de un italiano que le enseñó que había que comprar pasta marca Barilla, porque aunque te cueste el bolsillo, peor es que te cueste el estómago; y de cómo cantaban juntos la canción de Alexanderplatz, de Franco Battiato; le habló de un economista brillante adicto al café, y de otros compañeros que vendrían después; de una chica con rizos que hubiera conquistado a Bob Dylan tocando la guitarra, y de una chica morena que le enseñó a decidir y ser decidido; de un profesor subversivo, arrogante y polémico, un Jep Gambardella de la universidad con voz de haber conocido los placeres de la vida, pero al que respetaba más que a nadie en una universidad de gente falsa y aduladora; o de un profesor viajero y soñador, que parecía encarnar aquella frase de Oscar Wilde en la que recordaba que “un mapa del mundo que no muestre utopía, quizás no merezca la pena”; y de libros, y de viajes, y de alcohol, y de noches, muchas noches. Y más alcohol, y más noches.

-¿Y ahora qué? – contestó Sasha, rasgando el silencio.

Entonces Él miró a Sasha, que se balanceaba levemente, cosas del vodka, mientras los ronquidos de Kandinsky empezaban a hacerse cada vez más insoportables:

-¿Ahora alguien tendrá que buscar al perro, no? – dijo Él. O dije yo.

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