Esperando a Popov

Escucho por la tele los sesudos análisis de tertulianos sobre la posible vuelta o no de Puigdemont. Si sale elegido eurodiputado y – según él y su equipo jurídico – obtiene la inmunidad, asegura que volverá. No es la primera vez que lo promete y la verdad, no importa.

El expresident, como dijo una vez Berlusconi de Zapatero en rueda de prensa, se encuentra tocado por la mano de un santo, “como en estado de gracia“. Poco importa que prometa ahora para desdecirse después. Poco importa que de las reuniones previas a la declaración de independencia, trascendiera a prensa su deseo de no acabar convirtiéndose en lo que a todas luces ha acabado siendo: el presidente de la república imaginaria de Freedonia de los hermanos Marx. Poco importa que ni él ni sus consejeros moviera un dedo para materializar la república prometida, lo que en definitiva iguala a Santi Vila con el resto del personal. Poco importa, digo, porque por lo visto y a pesar de todo, el votante que le votó parece que lo apoya igual.

Hay una cosa que define a Puigdemont y es que, siempre que encuentra una parada en el camino o la oportunidad de desviarse, huye hacia adelante. Cuando parece que no hay más carretera, Puigdemont sigue circulando, siempre en línea recta y a toda velocidad. Hay quien dice que la carretera se terminó el 30 de octubre de 2017 y desde entonces Puigdemont ha estado tanto tiempo conduciendo en el aire que ha alcanzado el don de la ingravidez. 

En cambio, todos los demás se toparon en plena conducción con la policía y tuvieron que frenar. Por la silla de los testigos y el banquillo de los acusados, esta semana han pasado desde empresarios a personal encargado de difusión publicitaria de la Generalitat. Gente que apoyó a Puigdemont pero también gente que, como el major Trapero, llegó a preparar la detención de Puigdemont.

Decía un viejo chiste soviético que tres tipos se acercan a una hoguera en el Gulag. Uno de ellos le pregunta al otro, “oye, y tú cómo has acabado aquí”, a lo que éste le contesta, “¿Yo? Por defender a Popov”. Se gira hacia el de enfrente y le pregunta “oye, y tú, ¿por qué estás aquí?”, y el otro contesta, “¿Yo? Por criticar a Popov.” Entonces ambos se giran hacia el tercero y le dicen “¿Y tú?” “¿Yo? Yo soy Popov.” Mientas tanto, al mando del volante, en línea recta y sin tocar tierra, sigue conduciendo Popov.

 

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